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REVISTA DE REVISTAS
EL PAN Y EL CHILE EN EL REFRANERO MEXICANO En primer lugar debo decir que estoy profundamente interesado en todo lo concerniente a la paremiología --palabra derivada del vocablo griego paroima, que hace alusión al estudio de los refranes, llamados por los romanos proverbium y también adagium--, ya que esa rama de la literatura se refiere a aquellas voces populares, los dichos, refranes y demás expresiones jocosas, en los cuales se pone de manifiesto el profundo sentir y la incomparable gracia innata de los anónimos seres que dan forma a los pueblos de todo el orbe. Este interés me ha orillado a reunir, en un volumen que aún no ha visto la luz pública (es decir, que permanece en el limbo, en espera de un editor deseoso de dar a conocer a los lectores este inagotable venero, que entraña un conocimiento realmente pintoresco), poco más de novecientos refranes, los cuales dan forma al libro Refranero Gastronómico Mexicano, en el cual se encuentran reunidas infinidad de expresiones populares estrechamente vinculadas con el comer, y el beber, y, por ende, con las funciones corporales inherentes a estas ineludiblemente cotidianas necesidades fisiológicas. En ediciones anteriores de REVISTA DE REVISTAS he publicado varios artículos referentes a un aspecto particular del refranero mexicano. El 6 de Septiembre de 1993 apareció en estas páginas “El Refranero del Agua”. Un mes después toco su turno a “El Dulce en el Refranero Mexicano”, y como el tema era muy extenso, y daba para otra colaboración periodística, el 25 del mismo mes y año apareció la segunda parte de ese tema. Años después, en la edición correspondiente al mes de abril de 1998, publiqué “El Refranero Español del Vino”. Y en el número de octubre de ese mismo año apareció “Las Aves en el Refranero Mexicano”. Toca ahora su turno al pan y al chile, alimentos éstos que han inspirado infinidad de refranes y expresiones populares de señalado ingenio. A continuación enlisto esos adagios, según se les escucha en nuestro país. 1.- Acá las tortas
11.- Con pan y vino se anda bien el camino
(Hay otro, de idéntico significado: Las penas con pan son menos. Y así mismo es semejante aquel otro: Si los duelos con pan son menos, con dinero no son duelos) 23.- Más bueno que el pan.
LOS CHILES EN EL REFRANERO 1.- Ahora es cuando chile verde, le has de dar sabor al caldo.
Por este conducto ruego a los lectores de esta columna periodística, consagrada a la gastronomía y a la enología, se sirvan darme a conocer otros refranes alusivos al pan y al chile, que no estuviesen incluidos en este listado. Se los habré de agradecer cumplidamente. En pasada edición de REVISTA DE REVISTAS, la correspondiente al mes de marzo del presente año, publiqué el artículo “Frases célebres en torno al vino”, en el cual recogí cincuenta pensamientos alusivos a la bebida que fue considerada un don celestial por los habitantes del Medio Oriente. Toca ahora pasar revista a otras frases alusivas al comer y al beber (que no fueron incluidas en la lista anterior), cuyo contenido encierra notoria certeza, y constituyen, a mi parecer, un hermoso legado espiritual de numerosos seres que dejaron honda huella de su paso por el mundo. A continuación enlisto cincuenta frases célebres acerca de las deleitables materias gastronómica y enológica, con el deseo de que a los lectores les parezcan igualmente interesantes. 1.- Gastronomía es todo aquello que concierne a la nutrición
del hombre. JEAN-ANTHELME BRILLAT-SAVARIN
GUISOS Y VINOS Hace ya muchos ayeres, cuando yo cursaba la instrucción primaria, fue publicado un voluminoso libro cuyo título fue Etiqueta, Urbanidad y Distinción Social . El autor, según creo recordar, ocultó su nombre en el seudónimo Irma Carlota, y llevó a cabo en su obra --publicada en los comienzos de los años cincuentas-- una brillante descripción de las buenas maneras que deben imperar en todos los momentos de la vida en sociedad. Para tener una idea exacta, precisa, del significado del término etiqueta, he consultado un venerable libraco de mi biblioteca: Novísimo Diccionario de la Lengua Castellana (que comprende la última edición integra del publicado por la Academia Española), que fue editado en 1883, en Paris, por la Librería de Garnier Hermanos. Allí leo que la palabra etiqueta tiene el siguiente significado: “ceremonial de los estilos, usos y costumbres que se deben observar y guardar en las casas reales; por extensión, ceremonia en la manera de tratarse las personas particulares, o en actos de la vida privada, a diferencia de los usos de confianza o familiaridad”. Casi cien años después, en 1977, fue editada en la ciudad de Barcelona la Enciclopedia Teide, que recoge idéntica explicación, palabra más, palabra menos, para ese vocablo, que bien puede tener como sinónimos cortesía y buenos modales. Ahora bien, en 1934 apareció la primera edición del libro Manuel de Urbanidad y Buenas Maneras, escrito por Manuel Antonio Carreño, quien animado por mostrar las excelencias de la urbanidad y las buenas maneras (la “etiqueta”, en una palabra) redactó una obra literaria que, hace casi siete décadas, fue sumamente popular en el México de nuestros ancestros, quienes estaban imbuidos de los sólidos principios determinados por las buenas maneras. Recuerdo muy bien que en aquellos años se decía de una persona incivilizada y grosera, cuyos modales dejaban mucho que desear, que le hacía falta leer “el Carreño”, lo que pone de manifiesto la amplia difusión que por entonces alcanzó este libro, que hoy en día muchos pueden juzgar, equivocadamente, obsoleto y pasado de moda. En su libro, Manuel Antonio Carreño señala que “la mesa es uno de los lugares donde más clara y prontamente se revela el grado de educación y de cultura de una persona, por cuanto son tantas, y de naturaleza tan severa y, sobre todo, tan fáciles de ser quebrantadas las reglas y las prohibiciones a las que está sometida”. Señalo lo anterior ya que tengo la clara impresión de que los usos y costumbres, referentes a la educación y a las buenas maneras que deben ser observados en la mesa, se han relajado notoriamente, al grado que actualmente es muy frecuente observar en numerosos restaurantes la triste actitud individuos zafios e incultos, cuya incivilidad salta a la vista, a quienes no parece preocuparles nada el mostrarse ante los ojos de quienes los rodean como sujetos carentes de la menor educación. Entre las diversas situaciones propicias a mostrar el grado de estulticia que distingue a estos gamberros (en nuestro país, un término parecido, si bien de menor alcance que el que está dado por la palabra española que yo he usado en este párrafo, sería naco, pero pienso que éste no describe tan claramente la deplorable, y muy censurable, actitud de esos cretinos), la más ilustrativa es el empleo indiscriminado del teléfono celular en los restaurantes. Allí se pone de manifiesto no sólo la carencia de educación, sino también los complejos y muy profundos sentimientos de frustración e inseguridad que, a mi parecer, presentan quienes hacen cabal ostentación de su seudo importancia, y de su mínima educación, al recibir o hacer una llamada telefónica, informando a propios y extraños (porque, además, elevan el tono y engolan la voz para que los que están cerca de ellos escuchen la mayor parte de la conversación) de lo que se supone es una charla privada, o en el mejor de los casos una plática de negocios, a todas luces fuera de lugar, porque un restaurante no es el sitio más apropiado para esta clase de intercambio de opiniones. (Quiero extenderme en este asunto mencionando que ha llegado a tal extremo el uso de los teléfonos celulares, lo mismo utilizados por hombres que mujeres, que ahora no resulta nada insólito observar que en los automóviles, en el supermercado, en una iglesia (lo mismo si es velorio que matrimonio), o en un concierto sinfónico y en una representación operática, tanto jóvenes como personas adultas entornan los ojos al contestar alguna llamada telefónica. Y cuando cualquier hijo de vecino pensaría que van a decirle, a la persona que se comunicó con ellos mediante la telefonía celular, que no pueden atenderla, pues resulta que sí, que toman la llamada y se extienden en una insulsa charla, en el lugar y el momento menos apropiado). Este asunto me hizo pensar en cuáles hubieran sido los temas de una posible conversación con don Manuel Antonio Carreño, si acaso hubiésemos coincidido en una elegante mesa, bien en el Olimpo, bien en el Parnaso (en ambos parajes degustaríamos deliciosos platillos, y un émulo de Ganímedes nos llevaría una jarra conteniendo un exquisito vino de Falerno), o quizá deambulando por los Campos Elíseos, aquella etérea región próxima al Jardín de las Hespérides. Dejando volar la imaginación, en esa charla yo le habría formulado, como primer pregunta, la siguiente: ¿Qué es para usted la urbanidad? Mi interlocutor seguramente me habría contestado las siguientes palabras: “Llámase urbanidad al conjunto de reglas que tenemos que observar para comunicar dignidad, decoro y elegancia a nuestras acciones y palabras, y para manifestar a los demás la benevolencia, atención y respecto que les son debidos”. Ahora creo recordar que en seguida le hice la siguiente pregunta: ¿Era prudente, en su tiempo, manifestar en voz alta la satisfacción de haber comido un guiso de acentuada suculencia?. Manuel Antonio Carreño me contestó, diciendo que “En las mesas de etiqueta no está admitido elogiar los platos. En las mesas pequeñas y de confianza puede un invitado hacerlo alguna vez, mas en cuanto a los dueños de la casa, ellos apenas se permitirán hacer una ligera recomendación a un plato, cuando el mérito de éste sea tan exquisito que no pueda menos que ser conocido por los demás”. A continuación, yo le hice el comentario a aquel Petronio de las buenas maneras --del México de hace ya casi siete décadas--- que Confucio había dicho que quien se embriaga manifiesta no saber beber, y que Brillat-Savarin , en uno de sus célebres aforismos, había asentado que los que se indigestan y se emborrachan no saben comer ni beber. Cuando estaba a punto de formularle una pregunta al respecto, él me dijo, esbozando una gran sonrisa, que era indudable que “la sobriedad y la templanza son las naturales reguladoras de los placeres de la mesa, las que los honran y los ennoblecen, las que los preservan de los excesos que pudieran envilecerlos, y cual genios tutelares de la salud y la dignidad personal nos defienden en los banquetes de los extravíos, que conducen a los sufrimientos físicos, y que nos hacen capaces de manejarnos, en medio de los más deliciosos licores y manjares, con aquella circunspección y elegancia que distinguen siempre al hombre civilizado y culto”. Momentos más tarde le pregunté cuál era su opinión de aquellos que se jactan no sólo de su parco comer, sino que cuando les sirven deliciosos platillos simplemente pican desganadamente la comida, y la hacen retirar luego de haber utilizado ese plato como cenicero, habiendo dejado caer, de manera indolente, la ceniza sobre los manjares tan deliciosamente cocinados. Fue entonces cuando me pareció advertir, quizá la única ocasión durante nuestra charla, que un ceño de disgusto ensombrecía su rostro, tranquilo y sereno. Haciendo un esfuerzo por contenerse me dijo lo siguiente: “Jamás llegará a ser excesivo el cuidado que pongamos en el modo de conducirnos en la mesa, manifestando en todos nuestros actos aquella delicadeza, moderación y compostura que distinguen siempre al hombre verdaderamente fino”. Es muy probable que no falte quien asegure que, en pleno siglo XXI, este asunto de las buenas maneras y la urbanidad en el comportamiento sea materia obsoleta y pasada de moda. Yo tengo la certeza de que nada tiene que ver la época en que transcurre nuestra existencia con la urbanidad que nos debe caracterizar en todo momento. Por ello he querido ocuparme en esta nota periodística de dos libros que con cierta frecuencia debemos leer y releer, para que nuestra relación con quienes nos rodean sea más agradable y placentera.
En la pintoresca población de Tequisquiapan, y dentro de la XXI Feria del Queso y el Vino, se llevó a cabo el Primer Concurso Enológico “Vintequis, 2002”, que fue organizado por la Asociación Mexicana de Sommeliers. Es pertinente señalar que dicha feria popular (la cual antaño, por lo menos en los tres o cuatro años más recientes, estuvo pésimamente organizada) resultó muy exitosa, ya que la cuidadosa preparación del Patronato Promotor de Turismo y Cultura de Tequisquiapan se tradujo en una atinada realización. La multitudinaria concurrencia, especialmente durante los dos fines de semana de esta exposición en torno a los quesos y a los vinos, fue en extremo ordenada, y manifestó un señalado interés, no sólo por degustar esos deliciosos alimentos, sino por escuchar las numerosas conferencias alusivas al vino, que allí tuvieron lugar. A más de un amplio programa cultural de espectáculos
musicales, coreográficos y folcklóricos ---realizados
en el recinto ferial del Parque La Pila---, tuvieron lugar las siguientes
conferencias en torno al vino, celebradas en el Centro Cultural de Tequisquiapan:
En el Primer Concurso Enológico “Vintequis, 2002“ fueron inscritos, por las empresas vitivinícolas nacionales de tres áreas geográficas de México (Valle de Guadalupe, Valle de Parras y Tequisquiapan, en tres entidades de nuestro país: Baja California, Coahuila y Querétaro) sesenta y cinco vinos. Los jueces únicamente tuvieron conocimiento (antes de proceder a calificar esos vinos mediante su apreciación organoléptica), que iban a degustar analíticamente vinos de las siguientes diez compañías participantes, enlistadas por orden alfabético: Bodegas Santo Tomás. Casa de Piedra. Casa Madero. Casa Pedro Domecq. Cavas Valmar. Chateau Camou. Freixenet de México. L.A. Cetto. Monte Xanic y Viña de Liceaga. Los jueces integrantes del jurado calificador fueron los siguientes: Rachel Julou, Vinny Mazzara, Paul Brunet, Héctor Vergara, Manuel Orgaz, Pedro Poncelis, Víctor Absalón, Mauricio Hammer, Luis Cárdenas Barona, Miguel Guzmán Peredo, Arturo Sarmiento, Oscar Rangel, Ernesto García y Santiago Greenham. El presidente del jurado, y organizador de esta cata “ciega” analítica, fue Antonio González Jiménez. De los mencionados sesenta y cinco vinos (equivalentes al ochenta por ciento de la producción nacional) veinticuatro fueron blancos, treinta y cinco fueron tintos, cuatro espumosos y dos blancos dulces naturales. Considero interesante mencionar que este concurso me pareció muy bien estructurado. Los vinos blancos y tintos fueron clasificados en tres divisiones, lo que ignoraban los miembros del jurado, y de ello tuvieron conocimiento durante la ceremonia de premiación, en la cena de gala con la que concluyó el certamen. Esto fue hecho para que los diferentes vinos compitiesen entre sí con sus similares en añejamiento, lo que, a mi juicio, permitió que fuesen evaluados de una manera más acertada y equilibrada. En la categoría de vinos blancos dulces naturales el vino de la marca “Divino”, de Chateau Camou, recibió Mención Honorífica. En la categoría de vinos espumosos el vino Gran Reserva, de la empresa Freixenet, fue galardonado con la Medalla de Oro. En la categoría de vinos blancos tranquilos fueron establecidas tres divisiones: la primera (B-1) para los vinos blancos jóvenes, sin paso por barrica. La segunda (B-2) para aquellos vinos que tuvieron reposo en barrica de roble por un tiempo máximo de noventa días. La tercera (B-3) para los vinos cuyo añejamiento fue superior a los noventa días. B-1 Medalla de Oro. Calixa Chardonnay, cosecha 2000. Monte
Xanic.
B-2 Medalla de Oro. Chardonnay, cosecha 2000. Casa Madero.
B-3 Medalla de Oro. Gran Vino Blanco Chardonnay, cosecha
1997. Chateau Camou.
En la categoría de tintos fueron establecidas, de la misma manera, tres divisiones: la primera (T-1) para los vinos de la cosecha 2000. La segunda (T-2) para los vinos de las cosechas 1999 o 1998. La tercera. (T-3) para los vinos de la cosecha 1997 o anterior. T-1 Medalla de Oro. Tempranillo, cosecha 2000. Bodegas
Santo Tomás.
T-2 Medalla de Oro. Cabernet Sauvignon/Merlot,
cosecha 1998. Monte Xanic.”
T-3 Medalla de Oro. Cabernet Sauvignon, cosecha
1997. Monte Xanic.
De acuerdo a las calificaciones del jurado los arriba enlistados pueden ser llamados “los mejores vinos de México, 2002”, ya que alcanzaron las tres puntuaciones más altas en este certamen degustativo. AGOSTO 2002 Fue así como nació, en 1967, la promoción denominada “Agosto: el mes del vino en “Nicos”, la cual, desde sus comienzos, tuvo señalada aceptación entre todos los asiduos concurrentes a este agradable restaurante (sito en Avenida Cuitláhuac 3102, en Azcapotzalco) . Al principio eran treinta y uno los días que los repetitivos clientes del “Nicos” disfrutaban de descuentos especiales en el precio del vino, o bien del obsequio de una botella (para que quien pagaba la cuenta la llevase a su casa), por cada una de las que en esa mesa habían sido consumidas. No me cabe la menor duda de que estas atinadas acciones en mucho contribuyeron a que los comensales que suelen acudir al “Nicos”, en forma tan repetitiva, adoptasen como suya la sana costumbre de acompañar un delicioso guiso con un buen vino, tal y como es habitual en muchos otros países, principalmente europeos, donde la cultura del vino ha calado hondamente. A los pocos años de haber comenzado esta exitosa presentación, Raymundo Vázquez Estévez advirtió que el mes de agosto resultaba insuficiente para dar a conocer las promociones especiales, que los productores nacionales y los importadores de vinos de otros países deseaban dar a conocer a quienes tanta preferencia mostraban por la bebida que es considerada “el legado de Dionisios”. Fue por ello que no tardó mucho en que el festejo “Agosto: el mes del vino” se prolongase hasta Septiembre, con magníficas ofertas, tanto en precios con importantes descuentos como en obsequios a quienes ordenaban una botella para acompañar sus platillos. Al paso de los años, tres décadas y un lustro hasta el día de hoy, esta presentación continúa vigente. Ahora el chef Gerardo Vázquez Lugo sigue los pasos de sus padres (María Elena Lugo y Raymundo Vázquez, artífices del prestigio que el restaurante “Nicos” ha venido cimentando al paso del los años), y tiene a su cargo tanto la cocina como la dirección de este salón comedor. A él le tocó organizar la presentación de este año, la cual que dió comienzo el lunes 29 de Julio y se habrá de prolongar hasta el sábado 14 de Septiembre. Primeramente estarán presentes, del lunes 29 de Julio al sábado 17 de Agosto, los vinos nacionales de cinco empresas multipremiadas por la calidad de sus productos. Ellas son, por orden alfabético, Bodegas de Santo Tomas, Casa Madero, Chateau Camou, L.A.Cetto y Monte Xanic. En seguida serán ofertados, a precios especiales, diversos vinos de España, principalmente de las regiones de La Rioja y de Ribera del Duero, del lunes 19 al sábado 31 de Agosto. A continuación tocará el turno a los vinos de otros países de Europa: Francia e Italia, de manera especial, del lunes 2 al sábado 7 de Septiembre. Concluye la promoción con diversos vinos de Chile, Argentina y Estados Unidos de América, que serán degustados del lunes 9 al sábado 14 del mismo mes. Es conveniente mencionar que durante esta presentación, en la cual están muy interesadas lo mismo las compañías productoras que las distribuidoras de estos néctares etílicos, la lista de vinos del restaurante “Nicos” mostrará importantes descuentos en comparación con el precio usual de cada botella. Además hay otra oferta especial para los clientes: quienes deseen adquirir ---a un costo menor que el que tiene ese vino en alguna tienda de autoservicio--- una caja de seis botellas, allí mismo les será entregada por el representante de cada empresa. A mi parecer, sería muy deseable que otros restauranteros imitasen esta acertada manera de promover el consumo del vino en los establecimientos de restauración. Ya en numerosas ocasiones he escrito, en diversos artículos periodísticos, que resulta contraproducente para los intereses de quienes manejan este tipo de negocios, eminentemente de servicio al cliente, que las cartas de vino enlisten estas “golosinas líquidas” (atinada frase del enólogo francés Emile Peynaud) a precios muy elevados, si es que los comparamos con el costo corriente en algún comercio capitalino. En una Mesa Redonda, organizada recientemente por el Grupo Enológico Mexicano, cuyo título fue “El precio del vino en los restaurantes”, se puso de manifiesto que muchas personas que acuden a disfrutar de una comida o cena en un restaurante, advierten ---con indudable disgusto--- que los vinos alcanzan precios muy altos, lo que disuade a muchos comensales de hacer una erogación más o menos onerosa para saborear los manjares con un buen vino. Me parece correcto que los dueños de los restaurantes vean el funcionamiento de esos establecimientos como un negocio, pero el hecho de triplicar, y en ocasiones cuadruplicar, el precio al que puede ser adquirido regularmente ese vino es a todas luces inequitativo para la clientela. El comensal se abstiene de ordenar una botella de vino, debido al precio, y se conforma con pedir una cerveza, lo que significa una mengua en su satisfacción gustativa. El restaurante deja de percibir una buena suma de dinero, ya que el gasto efectuado por el cliente no incluye esa botella de vino, y de esta manera ambas partes pierden. En el primer caso, el comensal ve que su placer palatal queda disminuido ---a cambio de no lastimar demasiado su bolsillo---, y en el segundo caso, ese establecimiento no ingresa una cierta cantidad a sus arcas, y todo porque en la carta de vinos éstas bebidas han sido tasadas a un precio exagerado. En resumen, del lunes 29 de Julio al sábado 14 de Septiembre
tendrá lugar el festival enológico “Agosto: el mes
del vino en “Nicos”, y ello constituye ocasión propicia para disfrutar
de los exquisitos platillos que cotidianamente son servidos en ese restaurante,
a la vez que saborear buenos vinos a precios muy equitativos.
Los especialistas en viticultura afirman que en el periodo terciario,
hace de ello unos sesenta y seis millones de años, apareció
la vid, planta que se extendió por Asia, Asia Menor y Europa. Gracias
a la información proporcionada por la paleobotánica (la rama
de la ciencia que estudia las plantas fósiles) tenemos conocimiento
de la existencia de hojas de vid y de racimos fósiles, que se remontan
a los tiempos del pleistoceno, un millón de años antes de
nuestra era. Durante la Edad del Bronce, hace aproximadamente unos cuatro
mil o cinco mil años, la viticultura era practicada extensamente
en el Medio Oriente.
El día 12 de este mes de Octubre se cumplen 510 años de la llegada del “Almirante de las 100 Patrias” ---Cristóbal Colón--- a una pequeña isla del Mar Caribe. Habiendo zarpado del puerto de Palos de la Frontera (también llamado Palos de Moguer) el viernes 3 de Agosto de 1492, a bordo de una nao, la “Santa María” ---anteriormente denominada la “Marigalante”--- , y dos carabelas, “La Pinta”, y “La Niña”, desembarcó en Guanahaní (una isla a 400 kms al norte de Cuba, del grupo de las Bahamas), a la cual Colón bautizó con el nombre de San Salvador. Es casi seguro que no pocos se preguntarán qué comían los tripulantes de esas tres embarcaciones, en aquel periplo náutico. Y acerca de este asunto de notoria importancia, ya que alimentarse durante los setenta días que tardaron en cruzar el Atlántico debió ser motivo de preocupación tanto para Colón como para los marinos que lo acompañaron en aquel viaje, comentaré que en el libro Las Naves de Colón, del historiador español José María Martínez Hidalgo, leo los pormenores de la pitanza de los noventa hombres que viajaron con Colón. “”Para la comida tenían gamellas (recipientes para colocar los alimentos), platos de madera, escudillas de barro y cuchillos, así como liarias (vasos rústicamente hechos) para la ración de agua. Los víveres embarcados comprendían agua, vino, aceite, manteca de cerdo, harina, bizcocho o galleta, tocino, sal, vinagre, judías, lentejas, cebollas, habas, ajos, aceitunas, pescado seco y en salazón, arroz, azúcar, carne de membrillo (sic), miel, queso, almendras, pasas y otras frutas secas en cantidad suficiente para un año. La base de la alimentación era el bizcocho, tocino, garbanzos, salazón y queso. Fernando Colón (hijo del Almirante) decía haber visto a muchos comer la mazamorra de noche, cuando no eran perceptibles los gusanos que, con la humedad y el calor de la bodega, pronto hacían su aparición. “”Es probable que sólo hicieran una comida caliente al día, a eso de las once de la mañana, antes del relevo de la guardia, y siempre que el tiempo lo permitiera. No debía resultar cosa fácil, mientras la nave daba fuertes bandazos y se encapillaban golpes de mar, hacer una simple mazamorra en el fogón, reducidos a trébedes sobre una plancha de hierro o una losa con mamparos para resguardarlo del viento, y tierra para aislar el fuego de la cubierta. El capitán, el maestre, el piloto y el escribano comían en mesa, y el anuncio para sentarse a ella lo hacía un grumete diciendo: “tabla, tabla, señor capitán y maestre. Tabla en buena hora. Quien no viniera, que no coma. “”Los marineros, sin esperar llamadas rimbombantes ni discretas, irían a las inmediaciones del fogón ---la isla de la olla, le decían--- cuando su olfato adivinara que estaban hervidos los ollaos, y alargando la escudilla al paje en funciones le dirían: ¡Por la mesana!, acomodándose luego encima de unas adujas de cabo, en los cuarteles de la escotilla o en el sitio más resguardado que encontraran. “”Salazar describe la comida de la marinería: “En un santiamén se sienta la gente marina en el suelo, y sin esperar bendición sacan los caballeros de la tabla redonda sus cuchillos y gañavetes de diversas hechuras, que algunos hicieron para matar puercos, otros para desollar borregos, otros para cortar bolsas, y cogen entre sus manos los pobres huesos, y así los van desforneciendo de sus nervios y cuerdas, y en un credo los dejan más tersos y limpios que el marfil. Los viernes y vigilias comen sus habas guisadas con agua y sal. Las fiestas recias comen su abadejo. Anda un paje con la gaveta del brebaje en la mano, y con taza, dándoles de beber harto menos y peor vino, y más bautizado que ellos querían. Pedid de beber en medio del mar, moriréis de sed, que os darán agua por onzas, después de estar hartos de cecina y cosas saladas, que la señora mar no conserva carnes ni pescados que no vistan su sal. Y así todo lo que más se come es corrompido y hediondo””. Esta era, según lo relata José María Martínez Hidalgo la comida en las embarcaciones de Cristóbal Colón (a quien el historiador Luis Amador Sánchez llamó “”el primer Quijote español””) hace 510 años. En otro hermoso libro, Pasajeros de las Indias, escrito por el historiador mexicano José Luis Martínez, se describen las peripecias de quienes, una vez “descubierto” el Nuevo Mundo, conquistadas y a punto de ser colonizadas sus principales ciudades, decidían viajar, décadas más tarde, a las tierras allende los mares. En ese documentado volumen leo lo siguiente, acerca de la alimentación de aquellos viajeros: “”Lo primero que tenían que tenían que hacer quienes decidían viajar a América era llegar a Sevilla, donde contrataban e iniciaban el viaje. En seguida, se requería tener el permiso expedido por la Casa de la Contratación de las Indias, o bien de las Reales Audiencias, los virreyes o los gobernantes de las Indias, en el caso de los viajes a Europa. Una vez instalados en el puerto de salida y provistos de los permisos correspondientes, los pasajeros debían tratar con el dueño de un barco, su capitán o su maestre, para establecer el pago del pasaje, además de que se debían prevenir para llevar consigo todo el matalotaje y los alimentos que hubieran menester para el viaje. Salvo el agua de que los proveía, parca y malamente el barco, los pasajeros debían llevar cuanto necesitasen para su persona y alimentación. Los pasajeros que se embarcaban en España se proveían en Sevilla con relativa facilidad, y los que lo hacían en Veracruz, La Habana, Cartagena o Santo Domingo, de lo que allí hubiere. Las provisiones constaban, por lo general, de bizcocho, vino, puerco y pescados salados; vaca, probablemente como cecina; habas, guisantes y arroz; queso, aceite y vinagre. “”Ya en espera en el puerto, obtenidos los permisos, compradas las provisiones y los ajuares personales y pagado el pasaje, el traslado y acomodo de cuanto tenía que llevar el pasajero , debió ser difícil y después un problema permanente. Además de la ropa, objetos personales, cama, cacharros para preparar los alimentos, guardados en fuertes y pesados baúles, el pasajero tenía que llevar su alimentación y bebidas para dos o tres meses de travesía. El peso de los víveres por hombre oscilaba entre ochocientos y novecientos kilogramos en la salida. “”Una vez superados los mareos y adaptados al ritmo de vida del barco, y a su monotonía mientras no se presentaran tormentas y peligros, los primeros días de navegación debieron ser agradables a los pasajeros. El agua, el vino y las provisiones eran aún abundantes y frescas; y para quienes no supieran cocinar ni llevaran un criado que los auxiliara, el intento por prepararse un potaje caliente debió ser motivo de diversión para los demás. En el desayuno se comía cualquier cosa fría. La comida del medio día era la más importante, y probablemente la única caliente. Entonces se prendía un fogón colectivo, siempre que hubiera buen tiempo, y allí acercaban todos sus sartenes, asadores y pucheros para cocinar sus alimentos. Si no se tenía amistad con el cocinero la preparación de los guisos se tornaba bastante problemática, dada la afluencia de quienes deseaban acercar sus cacharros al fogón. “”Es posible que los momentos más gratos del viaje fuesen las escalas, en las Canarias, apenas iniciado el viaje, y en las islas del Nuevo Mundo, cuando ya estaba a punto de concluir la navegación oceánica. Eran un descanso de las incomodidades del barco, y la ocasión de beber agua fresca, lavarse y probar las comidas y las frutas americanas”” Para concluir quiero señalar que no es fácil detener el pensamiento en lo que en su momento, cruzar el Atlántico, hace poco más o menos cinco siglos, en una lenta embarcación movida por el viento, debió significar una verdadera penalidad, especialmente por lo que concierne a la alimentación a bordo. El hecho de no disponer de suficiente agua fresca y de alimentos en buen estado de conservación durante la dilatada travesía, seguramente fue motivo de incomodidad y desaliento para aquellos viajeros, quienes se vieron obligados a comer carnes secas, saladas y agusanadas, con tal de cumplir su anhelo de llegar a las tierras recientemente descubiertas, en las cuales pensaban encontrar grandes riquezas. La paremiología es la rama de la literatura que estudia todo lo relacionado a los refranes. Las voces populares, los dichos y dicharachos, así como infinidad de expresiones jocosas, encierran en unas cuantas palabras ---expresadas con sin igual gracia y donaire--- el profundo conocimiento del pueblo en torno a una circunstancia determinada. Los romanos dieron a los refranes el nombre de proverbium, y también el de adagium. Y salta a la vista que de esas voces latinas derivaron las palabras proverbio y adagio, de amplio uso entre nosotros, cuando se habla de esos “evangelios chiquitos”, como fueron llamados hace varios siglos. En un libro que aún no ha sido publicado (cuyo titulo es Refranero Gastronómico Mexicano) he reunido casi novecientos refranes estrechamente relacionados con el comer y el beber, y, por ende, con las funciones corporales inherentes a la ineludiblemente cotidiana necesidad de alimentarse. Ya en otras ediciones anteriores de REVISTA DE REVISTAS he publicado, del amplio temario comprendido en los refranes mexicanos que versan en torno a los asuntos arriba mencionados, los referentes al agua, que aparecieron en tres ediciones distintas: del 30 de agosto y del 6 y 13 de Septiembre de 1993. Aquellos refranes que aluden al dulce y a los postres aparecieron en cuatro ediciones: del 4, 11, 18 y 25 de Octubre de 1993. En la edición correspondiente al mes de Octubre de 1998 me ocupé de los refranes alusivos a las aves; y los concernientes al pan y al chile aparecieron en la edición del mes de Abril de 2002. Toca ahora referirme a los refranes que tienen a la embriaguez como común denominador. Pero antes de entrar en materia quiero señalar algunas de las numerosas expresiones populares ampliamente utilizadas en nuestro país, que tienen estrecha vinculación con la ebriedad (Ivresse, en francés; ebrezza, en italiano), ya que son palabras , a mi parecer, en extremo ocurrentes. En esta lista quedan, pues, las siguientes voces populares: estar aconejado, andar a medios chiles, estar beodo, andar pedernal, andar pedo, cargarse una pítima de albañil, andar hasta atrás, estar briago, andar burro, estar cuete, estar hasta las chanclas y andar tuturusco, entre varias otras, A continuación enlistaré aquellos refranes que versan en torno a la embriaguez. 1. A boca de borracho, oídos de cantinero. Existen otros dos
muy semejantes: uno es el siguiente: A palabras necias, oídos sordos;
y el otro es: A chillidos de marrano, oídos de matancero.
A continuación, transcribiré diez frases célebres que aluden a la embriaguez. 1. ¿A qué mal no conduce la embriaguez? Revela los
secretos, exagera nuestras esperanzas y nos arroja a la pelea.
HORACIO
Aldo Mieli, en su libro El Mundo Islámico, señala los siguientes párrafos: “”En momentos en que la antigua ciencia grecorromana decaía definitivamente, en que una mediocre sabiduría exclusivamente literaria vegetaba en el imperio bizantino, en que numerosas traducciones, no siempre exactas, se realizaban en el país sirio, en que en el Irán se manifestaba un interesante florecimiento, fruto del concurso de diversas culturas, en que el momento más brillante de la ciencia hindú se acercaba a su término; una singular revolución, que alcanzó a un territorio aun más vasto que el imperio romano en los momentos de su máxima extensión, sacudió al mundo, desde las Columnas de Hércules a las llanuras del Indo, desde las estepas del Caspio y del Oxus hasta la extremidad meridional de Arabia. Esta revolución, junto con una reestructuración política de las naciones, preparó el terreno propicio para una nueva civilización, que impropiamente es llamada “árabe”, y cuya importancia para el desarrollo del espíritu y conocimientos humanos es de tal magnitud, que sin ella no podrían ellos comprenderse cabalmente””. Los llamados “moros”, berberiscos mezclados con árabes, desembarcaron en el año 709 en Algeciras, y apenas dos años después, en 711, derrotaron a las tropas del rey Rodrigo, lo que les permitió al cabo de algunos años enseñorearse en España, llegando en poco tiempo hasta los Pirineos. A comienzos del siglo IX la ciudad de Córdoba empezó a brillar por el genial intelecto de muchos de sus habitantes “árabes”, quienes descollaron como matemáticos, astrónomos, médicos, filósofos y alquimistas. La civilización “árabe” en Iberia llegó a su máximo esplendor entre los siglos XI y XII, prolongándose hasta finales del siglo XV, ya que en 1492 los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, tomaron la ciudad de Granada, último reducto del rey Boabdil. La lengua árabe es hablada actualmente en una extensa área, que incluye el norte de Africa, gran parte de la península arábiga y otras partes del Medio Oriente. Es la lengua del Corán, de Las Mil Noches y Una Noches, de El Jardín Perfumado, y de muchas otras obras literarias de notoria belleza, que hoy en día motivan admiración a los estudiosos de la literatura arábiga. En esta colaboración periodística he querido espigar
en el diccionario (en mi biblioteca tengo un venerable libraco, Novísimo
Diccionario de la Lengua Castellana, de la Academia Española, publicado
en Paris por la Librería de Garnier Hermanos, en 1883, de casi mil
quinientas páginas) para buscar algunas de las muchas palabras de
nuestro idioma que tienen su origen en la lengua de los musulmanes, de
los sarracenos, de los moros, de los berberiscos, de los agarenos, de los
bereberes, de los islamitas, expresiones todas éstas que designan
a los que hablan la lengua árabe.
Alajú: pasta hecha de almendras, nueces, piñones y
miel.
La degustación del vino, acción que también
es llamada Cata, tiene lugar mediante la intervención de los órganos
de los sentidos. Este vocablo, “sentido” (o bien su plural, sentidos),
que alude a los órganos que nos permiten conocer, apreciar y valorar
los estímulos externos a nuestro organismo ---visuales, táctiles,
olfativos, gustativos y auditivos---, proviene del latín “sentire”,
el cual, a su vez, deriva de la raíz indoeuropea “sent”, que tiene
el significado de “dirigirse a “, “ir”.
Cuando me refiero a la gastronomía en el paraíso no estoy haciendo alusión a ningún restaurante así llamado, sino que me ocupo de esa región celestial a la cual iban los justos y bienaventurados una vez concluido su ciclo de vida terrenal, así como de las principales características de lo que degustaban (porque en muchos de esos relatos se hacía hincapié en lo que comían y en lo que bebían) los seres que moraban en ese privilegiado sitio, común a muchas religiones y mitologías de la antigüedad. Comenzaré por mencionar que la palabra paradesha, de la lengua sánscrita, significa “región elevada”, y se tiene conocimiento que diversos grupos étnicos --que habitaron este planeta desde hace milenios-- consideraban que ese recinto, donde todo era felicidad, regocijo y bienestar, estaba ubicado en la cumbre de una elevada montaña, más arriba de las nubes y casi tocando el firmamento. (Conviene recordar que la montaña más alta del mundo, el Everest, de 8.848 metros sobre el nivel del mar, lleva el nombre de Sagarmatha, en sánscrito, que significa “Diosa Madre del Mundo”, y que en lengua tibetana se le llama Chomolungma, que tiene el significado de “Lugar donde no vuelan los pájaros”). Del vocablo sánscrito paradesha se derivó la palabra griega “paradeisos”, que quiere decir “jardín”, “huerto”, y este término, uno de cuyos significados es paraíso, fue utilizado en la religión cristiana para designar al Edén, la primera morada de la humanidad, el lugar donde vivían Adán y Eva. Cabe agregar que de la palabra original, paradesha, se derivaron, así mismo, los vocablos “paradis”, en francés, paradise, en inglés, paraíso, en castellano, y paradies, en alemán, todas con idéntico significado. El término Edén significa en idioma griego “delicia”, y frecuentemente se dice “jardín del Edén”, para nombrar el primer lugar de residencia del género humano. Por cierto, Edén proviene de la palabra Eddin, nombre sumerio de la llanura de Babilonia, que para algunos autores era una planicie de hermosísimos jardines. Otro vocablo repetidamente utilizado en los relatos mitológicos helénicos es Arcadia, una imaginaria región ubicada en la parte central del Peloponeso, donde moraba el dios Pan, la deidad tutelar de la naturaleza. Virgilio, el poeta latino, fue el primero en referirse a las múltiples bellezas de ese paraje. Por otro lado, el Jardín de las Hespérides, de acuerdo a la mitología griega, era el cautivante sitio donde moraban las hijas de Atlas, o de Hesper, cuidando del árbol que tenía no solamente las ramas y las hojas de oro, sino también los apetecibles frutos, las manzanas que colgaban del enramaje. Muchas religiones --leo en la Enciclopedia Británica-- incluyen la noción de una existencia, de gran felicidad y deleite anímico y corporal, después de la muerte. Una vida en la cual el tiempo no significa nada, y que se distingue por la cabal ausencia del sufrimiento físico o emocional, con plena satisfacción de los deseos corporales. Para el cristianismo el paraíso es el sitio de postrer descanso, donde los seres bendecidos por Dios gozan eternamente de su presencia. Estas regiones celestiales recibieron el nombre de Empíreo, designación de la parte más alta del cielo. En el libro “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri, Virgilio va guiando a Dante en su travesía por el infierno y el purgatorio, y ya luego Beatriz, su musa, lo conduce al paraíso, llevándolo hasta el Empíreo, en el décimo cielo de ese lugar de inefable deleite y gran primor. En las Sagradas Escrituras, en el libro del Génesis, leo lo siguiente, en el capítulo titulado “El Paraíso”, se menciona que ”una vez formado el hombre con polvo de la tierra le inspiró en el rostro aliento de vida, y así fue el hombre ser animado. Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y el árbol de la vida, y en medio del jardín el árbol de la ciencia del bien y del mal”. En este momento quiero comentar que, a diferencia de otros libros de las Sagradas Escrituras, como el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y el Eclesiástico, en los cuales el (o los) anónimos cronistas de la Biblia volcaron precisión y sabiduría poética en forma de acertados conceptos, plenos de gran belleza literaria, las anteriores frases, donde se habla de “toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar”, me parecen apenas dignas de un simple aspirante a cronista, que no supo escribir, atinadamente, que los frutos de esos árboles eran los que resultaban apetecibles a quien los comía. Versículos adelante leo que Yavé Dios “puso al hombre, quien todavía no tenía nombre, en el jardín de Edén para que lo cultivase (en estas frases advertimos que nuestro ancestro, Adán, ya tenía un trabajo que cumplir –a diferencia de otros relatos legendarios alusivos al paraíso de otras religiones o grupos étnicos, donde transcurría la existencia en un “dolce far niente”, sin la obligación de llevar a cabo algún trabajo o quehacer cotidiano—, pues debía atender las tareas agrícolas de ese recinto), y le dio este mandato: “de todos los árboles del paraíso puedes comer (y dale que comía árboles, en lugar de sus frutos) pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás”.Además de esta breve alusión al acto de comer solamente frutos (y de ninguna manera árboles, como escribió el torpe cronista) no hay en esa parte de las Sagradas Escrituras otra referencia a la diaria pitanza de Adán y Eva en el paraíso, y por el hecho de alimentarse únicamente de frutos iniciaron la moda de la frutifagia. Existe una gran diferencia en lo concerniente al paraíso entre los seguidores del cristianismo y los mahometanos, los devotos de las enseñanzas de Mahoma, quienes tienen a Alá como la suprema, la única, deidad. Para los segundos, los musulmanes (término que significa “los verdaderos creyentes”), el paraíso estaba formado por hermosos jardines, regados de corrientes de cristalinas aguas, con arroyuelos de vino, que eran la delicia de quienes lo beben. Hay, además, exquisitos frutos al alcance de todas las manos. Los seres recompensados con este Edén disfrutarán allí de las huríes, juncales vírgenes de grandes ojos negros, púdica mirada y tez de incomparable hermosura, que permanecerán así eternamente. En este caso, a más de hablar de alimentos más suculentos, hay clara referencia a otro tipo de placeres, los sexuales, a los que son tan proclives los pueblos arábigos. En el México prehispánico quienes habían muerto
por hidropesía, ahogamiento o porque les cayó un rayo, iban
a un paraíso llamado Tlalocan, presidido por esta deidad acuática.
Bernardino de Sahagún escribió la “Historia General
de las Cosas de Nueva España”, y allí señala que en
el Tlalocan “jamás faltan las mazorcas de maíz, las ramitas
de bledos (el amaranto), los chiles verdes, los tomates, los frijoles en
vaina y las flores”. En los murales de Tepantitla, en Teotihuacan, es posible
admirar algunas escenas de ese paraíso, donde todo es felicidad
y placer, en un sitio de gran belleza natural.
Tres años después de la conquista de Tenochtitlan, ocurrida el l9 de agosto de 1521, dio comienzo --en el virreinato hispano denominado Nueva España-- la vitivinicultura en el continente americano. Hernán Cortés, el conquistador del imperio azteca, decretó en Marzo de 1524 que los encomenderos debían acatar la orden de sembrar cien sarmientos de vid por cada nativo que tuviesen en encomienda. De esta manera, se tenía previsto que no faltase el vino, que constituía para los españoles no sólo una bebida sino también un alimento, al que ellos estaban tan acostumbrados durante siglos. Además, era una perentoria necesidad, ya que los misioneros, quienes estaban evangelizando a los naturales del país recientemente dominado, requerían de ese néctar báquico para acompañar la cotidiana ceremonia de la misa. Los españoles encontraron en el país por ellos conquistado diversas especies de vides, diferentes de la Vitis vinífera, la más idónea para elaborar buenos vinos de mesa. Aquí hallaron, los primeros europeos, vides silvestres de las especies Vitis berlandieri, Vitis rupestris y Vitis labrusca, que no son apropiadas para producir vinos agradables al paladar. Pasados los años, de la Nueva España se propagó el cultivo de la vid a otros sitios del continente americano, sujetos al dominio de la corona hispana, como el virreinato del Perú, y después a Chile y Argentina. Se tiene conocimiento que las primeras viñas sembradas en Argentina, a partir del año 1557, estaban localizadas en el área de Santiago del Estero, y fueron plantadas por el fraile mercedario Juan Cidrón. De esa zona septentrional del país andino los viñedos fueron llevados, posteriormente, a sitios más meridionales, como Mendoza, y luego a San Juan. La provincia de Mendoza es, hoy en día --y ello tiene
lugar desde hace muchos años---,
Es conveniente agregar que en 1977 existían en Argentina más de trescientas cincuenta mil hectáreas (exactamente 350.680 ha.) cubiertas de viñedos. Ese año la producción de vino nacional significó un registro histórico. A partir de ese año comenzaron a cambiar las políticas de producción de vino en ese país del Cono Sur, y particularmente en la provincia de Mendoza. La superficie de viñedos se redujo en un treinta y cinco por ciento, y el consumo anual de vino per capita decreció sensiblemente. Por esos años se inició la reconversión del viñedo, al ser introducidas cepas finas en lugar de las variedades de baja calidad que, por años, y más todavía, por siglos, habían sido utilizadas para producir vinos de mesa ordinarios. En 1992 dio comienzo, de una manera ostensible, una importante recuperación en el campo de la vitivinicultura argentina, al incrementarse la siembra de vidueños de alta categoría enológica, buscando para ello las zonas más apropiadas por las características de su suelo y por las condiciones climatológicas imperantes en esos sitios. En una palabra, los enológos mendocinos mostraron notoria preocupación por el “terroir” (el terreno, de esas viñas de primera clase) y el microclima, ya que ambas condiciones son primordiales para elaborar vinos de la más alta jerarquía. Fue así como, en forma más o menos generalizada, los enólogos responsables de las bodegas que mostraban mayor preocupación por alcanzar la máxima calidad en sus vinos, fueron eligiendo lugares a mayor altitud sobre el nivel del mar, en lugar de sembrar viñas en sitios de acentuada planicie, no lejos de la ciudad de Mendoza, la capital de la provincia homónima. Con ello buscaban condiciones más propicias al desarrollo de cada una de las cepas, y no tardaron en advertir que las diferentes variedades de uvas reaccionaban en forma diversa al estar ubicadas en zonas de mayor o menor altura. Esta observación trajo como resultado que las uvas vendimiadas en unos o en otros sitios, permitiesen obtener vinos de espléndida clase y exquisito sabor. Con las medidas anteriores, puestas en práctica de manera muy rigurosa, la principal finalidad ya no era la de producir grandes volúmenes de vino ---como antaño se estilaba---, sino que la tónica era elaborar cantidades menores de esta bebida, pero que ésta fuese de gran finura enológica. En 2001 se estimó que el área cubierta de viñas en Argentina era de doscientas diez mil hectáreas, y se consideró que alrededor del setenta por ciento del viñedo nacional correspondía a cepas de alto y mediano valor enológico. A continuación menciono la producción de vino en diferentes
años.
Es notorio que ha habido una sensible disminución en lo referente a las cifras de vino elaborado en Argentina, pero quiero enfatizar que hoy en día es notorio el incremento de la calidad de los vinos producidos en ese país sudamericano, ya que ha quedado atrás el tiempo en que los productores nacionales se preocupaban más por obtener cuantiosos volúmenes, sin que les importase mucho que fuesen vinos ordinarios, para el consumo cotidiano. Eran vinos, aquellos,. que los consumidores adquirían en envases de vidrio forrados de mimbre ---llamados “damajuanas”---, del todo apropiados para continuar con la centenaria tradición de acompañar los alimentos con vino, pero cuya calidad era, entonces, la que hoy en día afanosamente buscan superar muchos de los principales productores de vinos de Argentina. En fecha reciente visité la ciudad de Mendoza, hermosa capital de la provincia homónima, donde se localizan infinidad de bodegas de tecnología muy avanzada, productoras de vinos de extraordinaria calidad y delicioso sabor, actualmente designados con el nombre “Premium”. Si bien esta denominación no tiene carácter oficial, es empleada regularmente para referirse a aquellos vinos que son las gemas enológicas, los mejores caldos de cada bodega vitivinícola, los cuales actualmente son exportados a más de cincuenta países en el mundo. Mucho se habla de que Argentina es el quinto productor de vino a nivel mundial, y que del volumen total se destina el diez por ciento (cantidad que se incrementa cada año, en virtud del cuidado que ponen los productores para favorecer la exportación de sus vinos paradigmáticos) para el comercio exterior. Con esa cifra del diez por ciento comercializado en otros países Argentina ocupa el décimo primer lugar a nivel mundial como exportador. Bodegas Terrazas de los Andes
Una de las empresas visitadas fue Bodegas Terrazas de los Andes, que ocupa las instalaciones de una antigua finca solariega --de estilo arquitectónico español-- dedicada a la elaboración de vinos. En 1898 fue edificada originalmente esa empresa, y hace unos cuantos años fue totalmente remodelado y reconstruido ese edificio, con singular acierto, conservando las bellas arcadas de ladrillos, dentro de las cuales han sido instalados los enormes tanques de acero inoxidable, en los cuales tiene lugar la fermentación del vino, siguiendo las normas más avanzadas en lo que al empleo de la más moderna tecnología vinícola se refiere. Bodegas Terrazas de los Andes, un establecimiento vitivinícola
de la compañía Chandon Argentina, se dedica exclusivamente
a la elaboración de vinos varietales, nombre que reciben aquellos
caldos etílicos producidos únicamente con una cepa o variedad
de uva.
Durante algunas conversaciones con Roberto de la Mota me enteré que “varios años de investigaciones permitieron a los enólogos de Bodegas Terrazas de los Andes conocer cuál es el mejor lugar para el cultivo de cada variedad de uva. Tras reiterados estudios y ensayos comprobaron que cada cepa rinde sus mejores frutos a distintas alturas. Así surgieron las terrazas, viñedos especialmente seleccionados, que se transformaron en un espacio privilegiado para el cultivo de uvas de excelente calidad”. Por otro lado, el permanente arrastre de suelos que llega de la Cordillera de los Andes ha conformado terrenos aluvionales franco limosos. Los ríos de deshielo, procedentes de los glaciares andinos depositan gran cantidad de sales, de minerales, y de otros nutrientes que permiten que las uvas, en los viñedos, alcancen su ópimo (ojo, dice ópimo) desarrollo. La Bodega Terrazas de los Andes tiene viñas en tierras escalonadas entre los 600 y los 1.600 metros sobre el nivel del mar. Son éstas excelentes terrazas que gozan de microclimas muy apropiados para las diversas cepas allí sembradas, en las cuales la combinación de la altitud, el suelo y el clima dan como resultado uvas seleccionadas, con las cuales son elaborados vinos de gran calidad. Cruz de Piedra es una finca vitícola ubicada a diecisiete kilómetros al noreste de Perdriel, que se localiza a una altitud de 750 metros sobre el nivel del mar. Este es el sitio idóneo para la variedad Syrah. Las terrazas de Perdriel están a veinticuatro kilómetros al sur de la ciudad de Mendoza, a una altitud de 980 metros sobre el nivel del mar. Esta área es la más apropiada para cultivar la uva Cabernet Sauvignon. Otra finca es “Las Compuertas”, en Vistalba, a veintiún kilómetros de Mendoza, cuya altitud es de 1.067 metros, zona en la cual la cepa Malbec (la uva emblemática de Argentina) desarrolla su mejor potencial. La uva Chardonnay es cultivada en el Valle del Tupungato, en la finca de Caicayén, a ochenta kilómetros al sur de Mendoza, y a una altitud de 1.200 metros sobre el nivel del mar. El Tupungato es un volcán apagado, de 6.800 de altura, vecino al Nevado Pircas, la segunda altura de Argentina, un poco por abajo del colosal Aconcagua, de 6.962 metros de altura. Los vinos que en la etiqueta ostentan la prestigiada marca “Terrazas de los Andes” son de tres categorías: En la primera, cuya designación es “Alto”, figuran los vinos Chardonnay, Malbec y Cabernet Sauvignon. Luego viene la clase “Reserva”, que comprende cuatro variedades de uvas: Chardonnay, Malbec, Syrah y Cabernet Sauvignon. Estos vinos tienen un prolongado período de crianza en barrica, lo que les confiere mayor capacidad de guarda, mejor sabor y ostensible finura. La categoría más alta de los vinos “Terrazas de los Andes” está dada por dos vinos de extraordinaria calidad: Gran Malbec, cuyas uvas provienen del viñedo de “Las Compuertas”. Se trata de un vino que únicamente es elaborado en años en los cuales la producción de uva es, a juicio de Roberto de la Mora, de excepcional categoría. Este vino reposa en barrica de roble durante dieciocho meses,. y luego de haber sido embotellado se guarda otros doce meses en la cava, antes de ser comercializado. El vino Gran Cabernet Sauvignon tiene su origen en la finca “Los Aromos, y es objeto del mismo cuidado, tanto en elaboración como crianza en barrica y botella, para que el consumidor pueda degustar su incomparable sabor. Finalmente quiero decir que los vinos de la marca “Terrazas de los Andes” ya están presentes en el comercio mexicano, hecho que permite saborear un excelente néctar báquico de gran clase. Hace varios miles de años los pueblos helénicos, y posteriormente los romanos, guardaban el vino en enormes ánforas de terracota, palabra que significa, literalmente, tierra cocida o, lo que es lo mismo, barro cocido. De esos grandes recipientes el vino era trasvasado a las cráteras, que eran los receptáculos utilizados en los banquetes para servir este néctar etílico a los comensales. Pasados los siglos, se tornó común el uso de diversas vasijas de cerámica ---barro, porcelana, loza— y el de los envases de vidrio o cristal, para llevar el vino a la mesa. Más tarde vino la botella (esta palabra tiene su posible origen en el vocablo francés bouteille, que designaba el recipiente que era colocado sobre la montura del caballo, y que servía para llevar ahí cierta cantidad de vino), como idóneo recipiente para guardar ese delicioso líquido. Hace unas dos o tres décadas aparecieron los “tabiques de
vino”, dados por los envases de cartón, los tetrabrick o tetrapack,
que resultaron muy apropiados para contener vinos jóvenes, de bajo
precio y de consumo más o menos inmediato a la fecha de su
compra.
“El vino en lata --wine in cans-- se vende desde hace algún tiempo en Vietnam. Ahí es posible conseguir packs de seis latas de un Beaujolais que, según los viajeros que lo han probado, curiosos y sin pretensiones, no está nada mal. “Ahora, los pro-vino en lata, además de los mismos productores que se inclinaron por esta nueva alternativa, defienden la idea bajo la bandera de los grandes beneficios de este envase: que es muy práctico, que no necesita ningún tipo de abridor, que será más económico y que se transportará más fácilmente. La contra que tienen las latas es que pueden ser mal vistas, igual que ocurre con los envases de cartón o con las botellas de plástico. La percepción del producto interior, basada solamente en el envase, le dará, quizá, una imagen de pésima calidad al vino. “Es posible que los conocedores tradicionales se resistan, pero probablemente
el vino en lata encuentre gran aceptación entre el público
más joven e inexperto”.
El cerebro de los catadores Es bien sabido que la degustación analítica de un vino
(o de un destilado, y hablando en términos generales de cualquier
alimento o bebida) pone en juego una serie de complejos mecanismos
cerebrales ---mediante la intervención de los órganos
de los sentidos, motivo por el cual la cata de cualquiera de estas sustancias,
es denominado examen
Menciono lo anterior en virtud de haber leído recientemente, en una página de internet, el texto que a continuación voy a transcribir, tomando en consideración su señalada importancia para quienes se interesan por los asuntos relacionados con la degustación del vino. “Un estudio hecho por la Academia del Vino, en Roma, reveló que en el cerebro entrenado de un sommelier ---y por añadidura, señalo yo, en el de cualquier persona experimentada en la cata--- el vino provoca una respuesta racional compleja, mientras que en una persona no conocedora sólo se activan los centros del placer. Los investigadores estudiaron los cerebros de siete sommeliers, y de otras siete personas sin formación en la degustación analítica del vino, mientras cataban diferentes vinos. El resultado mostró una fuerte actividad en la amígdala cerebral, una zona del cerebro que reacciona a la sensación del placer. Esta actividad fue registrada por todos los participantes, pero los sommeliers registraron, además, una fuerte actividad en la corteza frontal, zona que usa el cerebro para pensar. Quienes no tenían experiencia en la cata de vinos no mostraron actividad especial en esa zona cerebral. De acuerdo con el estudio, los sommeliers usan parte de la corteza frontal y el lado izquierdo del cerebro, relacionado con el pensamiento, para analizar los componentes de un vino. Lo anterior pone de manifiesto que los legos en la materia usaron el hemisferio derecho del cerebro, y los expertos utilizaron ambos hemisferios. De esa forma, dichas zonas cerebrales se van desarrollando más a medida que los expertos incorporan nuevos conocimientos. La diferencia parece estar en que mientras que los cerebros de todos los integrantes procesaron aspectos sensoriales de placer, el sabor del vino disparó una respuesta racional e intelectual en los expertos. El único inconveniente fue que todos degustaron los vinos acostados, y el líquido les llegaba a la boca por tubos. Ninguno pudo oler los vinos, y ello es una parte muy importante en la cata”. Hasta aquí la cita a esa referencia, de un estudio de investigación neurológica que pone de manifiesto la importancia que entraña el cotidiano entrenamiento en la degustación organoléptica del vino. El porrón Me escribió el señor Luis de la Cuesta, amable lector, para preguntarme si tengo noticias referentes al porrón, ese recipiente de vidrio tan común en España, y del cual suele beberse el vino en forma que requiere cierto grado de habilidad y destreza. Existen tres tipos de recipientes, para el agua y para el vino, que son ampliamente utilizados en España, y los tres son considerados como inventos remotos y anónimos. Se trata de el botijo, la bota y el porrón. La Enciclopedia Teide (Barcelona, 1977) menciona, al ocuparse de la palabra botijo, que se trata de “una vasija de barro, de vientre abultado, con boca a uno de los lados para echar el agua, y un pitón al lado opuesto para beber”.En un venerable libraco de mi biblioteca ( “Novísimo Diccionario de la Lengua Castellana , con la última edición integra de la Real Academia Española. Librería de Garnier Hermanos. Paris, 1883) aparece el vocablo botija definido de la siguiente manera: vasija de barro mediana, de cuello corto y angosto, en que se envían de España a América el vino, aguardiente, aceitunas y otras cosas. El botijo mantiene el agua fresca, al evaporarse en la arcilla porosa. En México son comunes, desde hace muchas décadas, los botellones de barro, que también mantienen fresca el agua colocada en el interior de esos recipientes. Por lo que respecta al término bota, tanto el Novísimo Diccionario, de 1883, como la Enciclopedia Teide, de 1977, definen esa palabra de la siguiente manera: “cuero pequeño empegado por la parte inferior y cosido por los bordes, que remata en un cuello con brocal de cuerno o de madera, por donde se llena de vino y se bebe”. El vocablo bota es utilizado, igualmente, para dar nombre al recipiente, la cuba, donde son guardados los vinos y otros líquidos. La bota (hechas generalmente de piel de cabra, recubiertas de pez en el interior) de mayor fama en España son las de la marca “Las Tres ZZZ”, hechas en Pamplona, por Gregorio Pérez Daroca. El porrón, leo en la Enciclopedia Teide, es una vasija de
vidrio, con un largo pitón para beber vino a chorro. En otra fuente
de información encontré que este recipiente toma su nombre
de un pato buceador, de silueta similar al envase de vidrio originario
de Cataluña Finalmente, en otro documento leí que porrón
es una antigua medida de líquidos, equivalente a novecientos cincuenta
mililitros.
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