EL VINO Y OTRAS
DELICIAS

Agosto/Septiembre 2002
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LOS VINOS DE CASA MADERO
En el año 1524 se registra el comienzo de la vitivinicultura
mexicana --si bien en aquellos días este país era llamado
Nueva España--, ya que fue entonces cuando Hernán Cortés
ordenó que los encomenderos (quienes tenían indígenas
a su servicio) debían sembrar, por cada cien aborígenes que
tuviesen a su servicio, mil sarmientos, de las mejores vides que
pudiesen conseguir.
Las viñas en la Nueva España se fueron extendiendo
gradualmente a las regiones más alejadas de la capital del virreinato
novohispano. En 1593 Francisco de Urdiñola fundó la primera
bodega vinícola del continente americano, en la Hacienda de Santa
María de las Parras, en el actual estado de Coahuila. En el año
1626 Lorenzo García inauguró las Bodegas San Lorenzo, no
lejos de los viñedos de Urdiñola. Nueve años más
tarde vendió su propiedad a Luis Hernández Escudero, y casi
dos siglos más tarde, en 1870, fueron adquiridas por Evaristo
Madero, quien trajo de tres países de Europa: Francia, España
e Italia, cepas de la mejor calidad, motivado por el deseo de que sus viñas
produjesen magníficos vinos. Cabe señalar que aquel empresario
hizo venir a México a expertos enólogos de esos tres países,
así como el equipo más moderno --en ese tiempo—
para elaborar vinos de calidad. De la misma manera, importó duelas
de roble de Limousin, con las cuales en su propiedad fueron hechas
cubas y barricas, para la maduración de los caldos.
Transcurridos algunos años la Hacienda de San Lorenzo cambió
su nombre por el de Casa Madero, y al presente los descendientes
directos de aquel visionario vitivinicultor mexicano continúan
al frente de esta empresa, produciendo con encomiable celo, y sirviéndose
de la tecnología vitivinícola más moderna, vinos de
excelente calidad, en una zona geográfica denominada “Valle de Parras”,
que es la primera, y hasta ahora la única, Denominación de
Origen oficialmente reconocida por el gobierno de México en materia
de vinos.
Una vez implantada la tecnología más avanzada en los
sistemas de riego (lo que viene a generar, de hecho, una especie de microclima
en algunas zonas del viñedo), como el método llamado “israelí”,
que consiste en el goteo subterráneo, muy bien controlado, para
suministrar a la vid la cantidad requerida de agua, se ha puesto en práctica
la aplicación de clones de diferentes cepas, lo que permite obtener
vinos más finos, aromáticos, de espléndido cuerpo
y delicado sabor.
La extensión de los viñedos de Casa Madero es de cuatrocientas
hectáreas, donde hay cepas consideradas “finas”, como Cabernet Sauvignon,
Chardonnay, Merlot, Chenin Blanc, Sauvignon Blanc, Sirah, Tempranillo y
Semillon. La producción promedio anual es de ciento cincuenta mil
cajas (esta cifra equivale a un millón ochocientas mil botellas.
El setenta y cinco por ciento de la producción es de vino tinto
y el restante veinticinco por ciento es de vino blanco. La exportación
asciende al noventa y ocho por ciento del total del vino producido, y es
comercializado en treinta y siete países: Estados Unidos de
América, Canadá, Australia, Japón, Malasia, Tailandia,
Singapur, Hong Kong y toda Europa.
Casa Madero cuenta con los conocimientos y experiencia de un enólogo
mexicano, Francisco Rodríguez, responsable tanto de los viñedos
como de la elaboración de los vinos. Alfonso Cárdenas es
el gerente de producción, y ambos están asistidos por otros
dos enólogos: uno neozelandés, Duncan Kilner, y otro australiano,
John Norntschak.
Tres son las categorías de los vinos elaborados por Casa Madero.
El nivel más alto de calidad está dado por los vinos de la
marca Casa Grande Reserva Especial: el de la cepa Cabernet Sauvignon y
el de la variedad Chardonnay. Un nivel ligeramente inferior es el de la
marca Casa Madero, de los vinos varietales Cabernet Sauvignon,
Merlot, Chardonnay y Chenin Blanc. Hay, además,
dos vinos de la marca San Lorenzo, el blanco y el tinto.
Los vinos elaborados por Casa Madero han obtenido, hasta el día
de hoy (7 de Junio de 2002) , treinta y cuatro medallas en concursos enológicos
internacionales realizados en seis naciones: Inglaterra, Suiza, España,
Francia, Bélgica y Estados Unidos. De esas treinta y cuatro medallas
once han sido de oro; once han sido de plata; y doce de bronce.
El vino Casa Grande Reserva Especial Cabernet Sauvignon ha obtenido
cuatro medallas: una de oro, dos de plata y una de bronce. El vino Casa
Grande Reserva Especial Chardonnay ha recibido una medalla de plata. El
vino Cabernet Sauvignon Casa Madero ha sido galardonado con ocho medallas:
tres de oro, dos de plata y tres de bronce. El vino Merlot Casa Madero
ha recibido ocho medallas: cuatro de oro, dos de plata
y dos de bronce. El vino Chardonnay Casa Madero ha alcanzado
diez medallas: una medalla de oro, tres de plata y seis de bronce. El vino
Chenin Blanc Casa Madero ha recibido una medalla de oro. El vino tinto
San Lorenzo ha obtenido una medalla de oro. Finalmente, el vino blanco
San Lorenzo fue premiado con una medalla de plata. En total, treinta y
cuatro medallas de carácter internacional.
Agosto/Septiembre 2002
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BREVE HISTORIA DEL VINO MEXICANO
Los historiadores del vino señalan que fueron los griegos
quienes llevaron la vitivinicultura a la península ibérica,
hace aproximadamente veintisiete siglos. En España el cultivo de
la vid alcanzó, al igual que en Francia, Italia y Portugal, notorio
auge al correr de los siglos.
Cuando tuvo lugar el descubrimiento de América, en 1492, no
pasaron muchos años para que se incluyesen importantes cantidades
de barricas con vino, en los cargamentos de los barcos que zarpaban
hacia el Nuevo Mundo. La explicación es muy sencilla: para los conquistadores
y colonizadores españoles el vino constituía parte fundamental
de su dieta cotidiana, y por ello se incrementó rápidamente
la comercialización de esta saludable bebida en las tierras recién
descubiertas
Luis Hidalgo, enólogo español, consigna en su ensayo
Notas históricas sobre los orígenes españoles del
cultivo de la vid en América lo siguiente: El vino constituía,
en los siglos XV y XVI, un complemento indispensable en la dieta del pueblo
español, y por ello, desde el primer momento, está su presencia
en los bastimentos de las expediciones de descubrimiento y colonización
de América. Se hacía necesario e imprescindible para los
tripulantes, gentes de armas y colonizadores que tomaban parte en las mismas,
pues el vino se consumía como alimento, como medicina y como reparador
de fuerzas....Todo ello hubo de determinar que, en donde las condiciones
del suelo y del clima parecieran propicias para el logro de la vid, y consecuentemente
para la obtención del vino, se intentase casi de inmediato su cultivo,
que habría de resolver este aspecto tan importante de las costumbres
y gustos de los conquistadores españoles”.
En América (en aquellos lejanos años, de hace casi
cinco centurias, se le daba el nombre de Indias Occidentales a las tierras
descubiertas por Cristóbal Colón), y sobre todo en la Nueva
España, los colonizadores encontraron vides silvestres (Vitis rupestris,
Vitis labrusca y Vitis berlandieri), diferentes de la Vitis vinifera europea,
que es la especie más apropiada para elaborar vinos de calidad.
Y corresponde a Hernán Cortés el mérito de haber sido
el principal promotor del cultivo de la Vitis vinifera en lo que hoy en
día es México, el primer sitio del continente americano donde
comenzó a cultivarse regularmente la vid. El 20 de Marzo de 1524
Cortés firmó el decreto mediante el cual se ordenaba que
cualquier vecino que tuviese indígenas en repartimiento, queda obligado
a sembrar mil sarmientos por cada cien aborígenes. Ya desde aquel
tiempo se comenzó a practicar la injertación de la Vitis
vinifera en cepas autóctonas, lo que entonces no se hacía
en ningún otro país del mundo.
Cabe agregar que el viñedo de la Nueva España comenzó
a extenderse a partir de la ciudad de México, capital del virreinato
más floreciente de la metrópoli hispana, hacia las regiones
septentrionales: Querétaro, Guanajuato y San Luis Potosí,
alcanzando posteriormente un gran desarrollo en el Valle de Parras,
y luego en Baja California, donde los misioneros jesuitas propagaron el
cultivo de la vid. De la Nueva España fueron llevadas las viñas
a América del Sur, alcanzando en Perú, Chile y Argentina
formidable desenvolvimiento. También de la Nueva España fue
llevado el cultivo de la vid a lo que hoy es Estados Unidos de América,
ya que en 1769 Fray Junípero Serra llevó las vides desde
Loreto, en Baja California, a la entonces Alta California. La primera misión
que fundó ese monje franciscano fue la de San Diego de Alcalá
(en torno a la cual creció la actual ciudad de San Diego), y los
viñedos por él sembrados constituyen el antecedente directo
de la pujante industria vitivinícola californiana.
Muy serios altibajos ha presentado, al paso de los siglos,
el cultivo de la vid en nuestro país, lo que ha traído
como consecuencia que en los siglos XVIII y XIX la vitivinicultura nacional
haya atravesado por períodos de cierto progreso, seguidos de épocas
de franco retroceso. No es sino hasta mediados del siglo XX cuando comienza
a registrarse un modesto auge en la producción y calidad de los
vinos mexicanos. Al estallar la Segunda Guerra Mundial quedaron interrumpidas
las importaciones de vinos europeos, y en 1942 fue expedida una ley, mediante
la cual se reglamentaba la producción de vinos nacionales. Seis
años más tarde fue creada la Asociación Nacional de
Vitivinicultores, que afilió inicialmente a quince empresas. En
el período comprendido entre los años 1950 y 1954 se incorporaron
catorce compañías más.
En 1980, en ocasión del Congreso Internacional de la Vid y
el Vino, y la septuagésima Asamblea General del Vino, se reconoció
a nivel mundial la creciente calidad de los vinos mexicanos. En ese momento
existían más de veinte compañías productoras
de vinos (con más de ochenta marcas diferentes) en el mercado nacional.
Después de 1982, cuando quedaron cerradas las fronteras a los vinos
extranjeros, se registró un breve lapso de bonanza para los vitivinicultores
mexicanos. Las autoridades gubernamentales afirmaron que la reapertura
sería gradual y paulatina, pero la realidad fue muy diferente. Al
permitirse la comercialización de vinos importados, en forma amplia
e indiscriminada, sobrevino el cierre de numerosas empresas. En la revista
México Journal (publicación en lengua inglesa editada
en el Distrito Federal), en su edición correspondiente al 7 de Agosto
de 1989 se asentó que “”en 1983 funcionaban en México ochenta
y tres compañías productoras de vinos, destinados a catorce
firmas comerciales con marcas registradas. Para 1989 únicamente
quedaban veintitrés empresas, que producían vino para once
firmas comercializadoras. El resto, sesenta compañías, habían
ido a la quiebra””.
En 1987 fueron vendidas en México dos millones de cajas
de vino (veinticuatro millones de botellas, de 750 mililitros). De esa
cifra, el noventa y ocho por ciento fue de vino nacional. El restante dos
por ciento fue de vinos importados. Un año más tarde las
ventas ascendieron a dos millones trescientas mil cajas. De dicha cantidad,
el noventa y ocho por ciento fue de vinos importados, y el dos por ciento
de vinos nacionales.
En 1997, hace cinco años, se hallaban registradas en la Asociación
Nacional de Vitivinicultores las siguientes empresas productoras de vino:
Bodegas Santo Tomás, Bodegas Ferriño, Casa Madero, Compañía
Destiladora, Compañía Vinícola de Aguascalientes,
Productos de Uva, Vides de Guadalupe, Bodegas Capellanía, Monte
Xanic, Cavas Valmar, Mogor Badan, Industrias Vinícolas Pedro Domecq,
Bodegas San Antonio, Chateau Camou y Bodegas California. A más de
esas compañías tengo conocimiento que en ese año funcionaban
otras: Los Eucaliptos, Bodegas San Luis Rey y Distribuidora Valle Redondo.
Al presente es casi seguro que el número de las empresas vitivinícolas
mexicanas sea prácticamente el mismo, pues dos o tres han desaparecido
y otras tantas han comenzado a producir vinos. Lo que sí es indudable
es que la calidad de los vinos elaborados en México ha merecido
reconocimiento mundial, pues son numerosas las compañías
nacionales cuyos vinos han obtenido premios, de manera muy
repetitiva, en los más importantes concursos a nivel mundial.
LA GASTRONOMIA Y SUS PALABRAS
Según los antropólogos, es posible que el sinantropo pekinesis
haya sido el primero en utilizar el fuego para asar las carnes de los animales
que cazaba. Antes de él, los hombres devoraban sin ninguna preparación
ni cocción los trozos cárnicos de las bestias que lograban
abatir.
Transcurrieron incontables centurias antes de que el ser humano
alcanzara las refinadas costumbres que ahora lo caracterizan, en lo concerniente
al muy deleitable acto de ingerir los alimentos que constituyen su cotidiana
dieta.
Desde hace muchos siglos las personas se sientan a la mesa a disfrutar
de los guisos que lo sustentan. La palabra comensal tiene varios significados,
uno de los cuales hace referencia a la persona que come junto a otras en
la misma mesa. Manducar es sinónimo de comer, como también
lo es yantar. Otro vocablo de parecido significado es zampar, que alude
a la acción de comer con voracidad, con ansiedad y con exceso.
Condumio se refiere a cualquier guiso que es comido con pan. Y el
término compañero (vocablo formado por el prefijo latino
cum y el sustantivo panis) se refiere a la acción de comer juntos,
en compañía, el mismo pan. Desayuno es el primer alimento
del día. Almuerzo, palabra de origen árabe, es la comida
que se toma por la mañana o antes del medio día. Merienda
es una comida ligera, anterior a la cena. Hace siglos tenía lugar
al medio día (una especie de lunch, anglicismo que dio origen a
las palabras lonchería y lonchar), pero ahora tiene lugar por la
tarde. La cena era la comida principal de los antiguos romanos, entre las
tres y las cuatro de la tarde. De ese vocablo, cena, derivó cenáculo,
nombre del comedor de los romanos, que significa igualmente círculo
restringido de filósofos, artistas, literatos o gente que sigue
una misma corriente o dirección.
Entremés (en francés hors d’oeuvre) hace referencia
a los platos ligeros que son servidos generalmente antes de la sopa o del
primer plato. En Italia este bocadillo es el antipasto.
Ambigú es la designación de una comida, por lo general
nocturna, compuesta de manjares con que se presenta la mesa, de una sola
vez. Esto viene a ser un buffet.
Cuchipanda es una palabra curiosa que alude a la comida que hacen
juntas, y con alegría, varias personas.
Ahora bien, en el hermoso libro Allegro Vivace: Historia del Champagne,
del Cava y los vinos espumosos del mundo (editado por la empresa Freixenet,
1987) Nestor Luján escribe: “Con la Revolución Francesa se
iba a cambiar totalmente el concepto de la cocina. Es decir, la cocina
iba a pasar del palacio a la calle. Se iba a popularizar el restaurante,
cuyo nombre viene del establecimiento que en 1765 abre sus puertas en la
parisiense calle Des Poulies. Este establecimiento, a diferencia de los
figones, posadas o tabernas, sólo admite a gente que vaya a comer,
y como enseña presenta una parodia escrita, quizá en serio,
del Evangelio: ‘venite ad me omnes qui stomacho laboratis ego restaurabo
vos’. De este ‘restaurabo’ procede la palabra restaurante”. El propietario
del primer restaurante se llamaba Boulanger según unos investigadores,
y Roze, según otros. La palabra restaurante tuvo éxito y
el Dictionaire de Trevoux definía el término “restaurateur”
diciendo “Los restaurateurs (restauradores) son aquellos que poseen el
arte de hacer los verdades caldos restauradores y el derecho de vender
toda clase de cremas, potajes, de arroz, huevos, fresas, macarrones, volatería,
confituras, compotas y otros productos salutíferos y delicados”.
Aquel cocinero Boulanger (quien en su nombre lleva la fama, pues
esa palabra significa panadero) expresó un pensamiento que traducido
al castellano equivale a “Venid a mí, hombres que tengáis
estómago cansado, que yo os restauraré”. El encargado de
atender el salón comedor, donde se restauran, se recuperan las fuerzas
perdidas en el diario trabajo, tomó el nombre de restauranteur,
y cuando era una mujer a que tenía a su cuidado esa tarea se le
llamaba restauratrice (restaurantriz, en castellano), palabra muy poco
empleada, por cierto.
Antes de que tuviese lugar la apertura del restaurante Boulanger,
las personas que se encontraban con hambre fuera de sus casas acudían
a hospederías, hostales u hoteles que contaban con una mesa comunitaria,
en la cual servían los alimentos a una hora fija y con un menú
previamente determinado. Pero como señaló Brillat-Savarin,
un hombre inteligente, dándose cuenta de la necesidad de que hubiese
un comedor al que acudieran todos los que así lo quisiesen, comenzó
con la moda de servir manjares a toda hora. “El restaurante –escribió
el autor del libro Filosofía del gusto– es un comercio en el cual
se ofrece al público un festín, siempre dispuesto, y cuyos
platos se detallan, por raciones, a precio fijo, según lo solicitan
los comensales. Se llama, simplemente, carta a la relación o lista
de los manjares, con indicación de su precio. El restaurante es
el Edén de los gourmands”.
La cocina china, considerada la más refinada, distinguida
y exquisita del mundo, disputa a la francesa los orígenes del restaurante.
Diane Ackerman señala en su libro Una historia natural de los sentidos
(Anagrama. Tercera edición 2000) que “fueron los chinos, maniáticos
de la cocina, los que inauguraron el primer restaurante digno de ese nombre,
durante la dinastía Tang (618-907 a.C.). y cuando la dinastía
Sing remplazó a la Tang, ya contaban con edificios funcionales,
con muchos gabinetes privados, donde podía disfrutarse de la comida,
el sexo y el baño”.
Por otro lado, se tiene conocimiento que el primer gastrónomo
chino, Sui-Yin-Ji, por el año 3020 a.C. enseñaba a sus discípulos
el arte de preparar platillos a base de carnes, de acuerdo a recetas precisas.
La primera oleada de galicismos en español tuvo lugar en
los primeros siglos de la Edad Media. Una de las primeras voces transplantadas
fue maison, que significa casa. Mesón denota el establecimiento
en el cual los mesoneros brindaban a los forasteros comida y alojamiento
para ellos y sus cabalgaduras. México fue el primer país
de América continental donde hubo servicio de alojamiento con comida,
principalmente para los viajeros. Mediante una acta del cabildo de la Ciudad
de México, fechada el primero de diciembre de 1525, fue autorizado
Pedro Hernández Paniagua (pan y agua, que curiosa coincidencia)
a que “en su mesón acogiera y vendiera pan, vino, carne y otras
cosas necesarias”. Por lo que respecta a los estadounidenses, allá
fueron creados en 1600 los primero lugares dedicados a la venta de comida
y bebida.
Otros locales donde son servidas comidas, y a veces se brinda hospedaje,
reciben denominaciones que varían según su ubicación
y el rango culinario de su salón comedor. Posada es aquella casa
pública donde es posible aposentarse y comer. Hostería (palabra
que deriva del latín hospitium –originaria de términos como
hospitalidad, hospital, hospedería– y que significa lugar donde
hay otras personas hospedadas) tiene el sinónimo de hostal, y quiere
decir lo mismo que posada.
Cuando el establecimiento, generalmente de exiguas dimensiones y
mínima categoría de su cocina, se localizaba en los caminos,
o bien en despoblado, recibía la denominación de venta. Y
si era aún más pequeño, su nombre era ventorrillo.
Si el comedero era de poca calidad gastronómica y estaba localizado
dentro de las ciudades, recibía el nombre de fonda (a la cual antaño,
y quizá hogaño, llegaba cotidianamente la pordioseral escamocha:
suerte de comistrajo constituido por las sobras de restaurantes y hoteles).
Un figón era aquel sitio donde servían comida de muy bajo
precio, y era parecido a un bodegón, sitio donde guisan y expenden
comidas ordinarias. Un refectorio es, en las comunidades religiosas y en
algunos colegios, la sala destinada a comedor. Tinelo, finalmente, era
la denominación del comedor de la servidumbre en las mansiones de
la gente acaudalada.
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Octubre/Noviembre 2002
LOS VINOS DE HUNGRIA
Para calibrar debidamente la importancia de la producción vitivinícola
en Hungría es conveniente tener en consideración las siguientes
cifras: Francia, el principal productor de vino en el mundo, tiene
una extensión de 547,026 kilómetros cuadrados --sin contar
los territorios de ultramar--, que viene a ser un poco menos que la superficie
conjunta de Chihuahua, Sonora y Durango. En Francia, a comienzos
de los años 90’s, la superficie cubierta por viñedos era
de unas novecientas treinta mil hectáreas, y la producción
promedio de vino, en esos años, acendía a unos seis mil quinientos
millones de litros. La exportación oscilaba alrededor
de un diecisiete por ciento.
España, cuya extensión es de 504,750 kilómetros
cuadrados (casi la misma superficie conjunta de Chihuahua, Sonora y Veracruz),
tiene viñedos en una amplísima área de aproximadamente
un millón cuatrocientas mil hectáreas. Su producción
anual promedio --en los años arriba señalados-- fue de unos
tres mil quinientos millones de litros de vino, significando la exportación
un dieciocho por ciento. Italia tiene una superficie de 301,224
kilómetors cuadrados (que es una extensión territorial menos
amplia que la de los estados de Chihuahua y Campeche), y hay viñedos
en una superficie de un millón trescientas mil hectáreas.
La producción de vino fue de unos seis mil millones de litros, y
la exportación de un diecisiete por ciento del total de vino elaborado.
Hungría por su parte, tiene una superficie de 93,018 kilómetros
cuadrados (la extensión del estado de Oaxaca es un poco mayor),
y los viñedos cubren un área de unas ciento setenta mil hectáreas.
La producción, en los primeros años de la década de
los 90’s oscilaba entre cuatrocientos y quinientos millones de litros de
vino, y la exportación alcanzó un volumen del veinte por
ciento. Es lógico suponer que casi una década más
tarde la producción de vino en Hungría ha experimentado un
notorio incremento, además de que los vinos húngaros han
venido recibiendo numerosos reconocimientos en diversos certámenes
internacionales. Como último punto de comparación
(aún a sabiendas de que las comparaciones pueden, en ocasiones,
resultar odiosas, y las más de las veces ociosas) diré que
la superficie territorial de México es de 1’972,545 kilómetros
cuadrados (poco menos de dos millones de kilómetros cuadrados).
Se estima que los viñedos nacionales cubren una extensión
aproximada de unos setenta mil hectáreas. Y la producción
de vino (según las cifras proporcionadas por la Asociación
Nacional de Vitivinicultores, A.C.) en 1998 fue de catorce millones
cuatrocientos mil litros.
Una vez señalado lo anterior quiero mencionar que en fecha
reciente realicé un recorrido por diversas ciudades de esa progresista,
y muy bella, nación de Europa central . Durante ese viaje
visité varias regiones vitivinícolas y tuve la oportunidad
de llevar a cabo una docena de degustaciones de vinos, en compañía
de los productores de esas ambrosías etílicas.
Para el enófilo que llega a la capital húngara --la
preciosa ciudad de Budapest-- y desea tener un deleitable acercamiento
con los vinos de este país (cuyos antececentes se remontan a los
primeros siglos de la era cristina), lo recomendable es visitar la “Casa
de los Vinos de Hungría”, en el pintoresco espacio urbanísticio
denominado Castillo de Buda. Acompañado por el doctor
Jozsef Kosarka (quien fungió varios años como dinámico
Embajador de Hungría en México, y coordinó el programa
de mis actividades en su tierra natal) y por István Nyikos, director
de ese establecimiento enológico, recorrí detenidamente ese
lugar. Allí los visitantes pueden adentrarse en el conocimiento
de las veintidos zonas vitivinícolas húngaras, donde son
elaborados quinientos vinos diferentes. Cada día, en este
interesante sitio, son presentados setenta vinos (que van siendo cambiados
cotidianamente), que el visitante puede ir degustando uno tras de otro,
al tiempo mismo que contempla didácticos mapas donde se ubican las
regiones productoras de vino de Hungría.
La siguiente visita enológica fue a la empresa productora
de los vinos espumosos de la marca Torley, en una zona aledaña a
la ciudad de Budapest, cuyo nombre es Budafok. En 1882 fue
fundada por Jozsef Torley, y actualmente forma parte del complejo vitivinícola
de Hungarovin, productor de una gran variedad de vinos, tanto espumosos
(“Francois”, “Torley”, y “Hungaria”) como de vinos tranquilos o naturales.
El creador de esta empresa comercializó en la década de los
años 30’s dos millones de botellas, anualmente, de espumosos.
Ya en 1993 la venta fue de trece millones de botellas, anualmente, lo que
pone de manifiesto la calidad de esos vinos burbujeantes. Cabe
agregar que en ese mismo año, 1993, se comentaba que tal cifra de
producción equivalía al cincuenta por ciento de la producción
total de Hungría. Para 1997 Hungarovin produjo más
de veintitrés millones de botellas de espumosos --utilizando
tanto el método tradicional como el Charmat-- y aproximadamente
veintiún millones de botellas de vino tranquilo o natural.
La visita a esta empresa concluyó con degustación
de varios de esos vinos espumosos, acompañados por el enólogo
de la casa.
Horas más tarde, ese mismo día, recorrí una
parte del extenso laberinto de cavas subterráneas de la empresa
Promontobor, fundada en 1880. En Budafok se localiza el sistema
de túneles y cavas más grande de Europa, que tiene casi veinticinco
kilómetros de largo. Ahí, en amplias galerías
subterráneas (donde la temperatura permanece constante todo el año
entre 12 y 14 grados centígrados), hay doce millones de litros de
vino, almacenados en barricas de roble, algunas de ellas de tamaño
colosal, como el gran tonel (el segundo más grande de Hungría),
cuya capacidad es de casi cincuenta y cuatro mil litros.
TOKAJ
Cuando las tribus magyares llegaron a las tierras que siglos más
tarde serían llamadas Hungría, encontraron una floreciente
vitivinicultura, especialmente en la zona ubicada en el noreste del país,
no lejos de lo que hoy en día es la frontera con Eslovaquia y con
Ucrania. La región denominada Tokaj-Hegyalja
cubre una superficie de 6,600 (seis mil seiscientas) hectáreas,
y comprende veintisiete poblaciones. La ciudad de Tokaj (se
pronuncia Tokai) es el eje neurálgico de esta zona vitivinícola,
cuya De nominación de Origen reglamenta que el vino -blanco exclusivamente-
debe ser elaborado con cuatro variedades de uvas blancas: Furmint, Harslevelú,
Sarga Muskotaly (también llamada Muscat Amarilla y Muscat de Lunel)
y Oremus, con las que se puede elaborar diferentes tipos de vinos, de los
cuales el Tokaj Aszú es el más afamado de todos.
Acerca del Tokaj-Aszú es conveniente señalar que durante
la vendimia son recolectados --uno a uno, manualmente, y en los días
sucesivos que la cosecha tiene lugar, en el mes de octubre-- los granos
de las uvas que están afectadas por la “podredumbre noble”, causada
por el hongo Botritis cinerea. Esos granos son almacenados
en recipientes de madera, llamados “puttonyos”, que tienen una capacidad
de veinte a veinticinco litros, o de unos veinte kilogramos.
La palabra “puttonyo” puede traducirse como cuévano, y el diccionario
castellano define cuévano como “cesto grande y hondo, poco más
ancho de arriba que de abajo, que sirve para llevar las uvas en tiempo
de la vendimia”. Esas uvas botritizadas son agregadas en forma
de pasta al mosto obtenido del prensado de las uvas de la cepa Furmint,
y se deja fermentar durante varios meses. El número
de “puttonyos” que son adicionados a una barrica de ciento treinta y seis
litros es lo que “determina la concentración y calidad del vino:
3, 4, 5 ó 6 puttonyos. El vino más concentrado
es el Aszú Eszencia. Los vinos Aszú son almacenados
en barricas de roble durante varios años en cavas subterráneas”,
cuyas paredes están cubiertas de una gruesa y aterciopelada capa
de moho negro, debida a la acción del hongo Cladosporium cellare,
“”que contribuye a la prolongada maduración del Tokaj””.
En las cercanías de la ciudad de Tokaj visité la empresa
Disznoko, en compañía del enólogo Janos Arvay, responsable
de la producción de este néctar etílico, quien me
llevó a recorrer los viñedos, la planta embotelladora y las
cavas. En este interesante lugar llevamos a cabo una degustación
de los siete vinos de esa compañía, una de las más
prestigiadas de la región de Tokaj-Hegyalja: Furmint, Szaras Szamorodni,
Edes Szamorodni, los Tokaj Aszú de 4, 5 y 6 puttonyos y Aszú
Eszencia, que únicamente es elaborado en años excepcionales,
y cuya concentración de azúcar residual rebasa, con creces,
la de 6 puttonyos. Es prudente comentar que la cantidad de
azúcar residual -expresada en gramos por litro de vino- es
la siguiente: de 3 puttonyos: 60 gramos; de 4 puttonyos: 90 gramos;
de 5 puttonyos: 120 gramos, y de 6 puttonyos: 180 gramos. La
del Aszú Eszencia es de 250 gramos. El Tokaj-Aszú,
hablando en términos generales, tiene un 16.5 por ciento de alcohol
por volumen.
Una palabra más acerca de este vino licoroso de incomparable
finura. La leyenda asegura que en el año 1702 el príncipe
húngaro Ferenec Rakoczi le llevó varias botellas de Tokaj-Aszú
al monarca francés Luis XIV, y que el llamado “Rey Sol” había
expresado entonces la frase “le vin des rois; le roi des vins”, que se
ha tornado popular versión en lengua latina: “Vinum regum; rex vinorum”.
La traducción de esas frases es: “El vino de los reyes; el
rey de los vinos”.
Después de la visita a Disznoko estuve en la empresa Grof
Degenfeld, y el enólogo Laszlo Majoros fue mi acompañante
en el recorrido por las cavas subterráneas, apenas iluminadas difusamente
por la escasa y vacilante luz de unas cuantas velas en esos espaciosos
recintos. Ahí reposan centenares de miles de litros
de Tokaj-Aszú de diferentes tipos. Al concluir ese paseo
por las entrañas de la tierra degustamos varios tipos de Tokaj-Aszú
de diferentes categorías y añadas.
Ya caía la tarde cuando llegamos a la ciudad de Tokaj, donde
estaba programada la pernocta. Todavía tuvimos tiempo
para cumplir con otra visita, ésta a la Bodega Rakoczi, cuyas extensas
cavas se remontan al siglo XV. Aquí, en la galería
principal, de veintiocho metros de largo, diez de ancho y cinco de altura
(donde en 1526 fue electo rey de Hungría Janos Szapelyai) se llevó
a cabo otra interesantae degustación de diversos tipos de Tokaj-Aszú.
Al día siguiente viajé a la ciudad de Eger, la cabecera
de otra de las regiones vitivinícolas más importantes de
Hungría. Antes de llegar a esa hermosa e histórica
urbe visité la población de Nosvaj, donde se localiza la
empres vitivinícola Thummerer, cuyas cavas, sitas bajo una
colina, tienen una antigüedad que reabasa los cien años.
Allí degusté varios vinos, especialmente tintos, de gran
finura y sabor. Luego fuí a la casa Magnas Borok Haza,
y en compañía de su director, Janos Hever, hice una cata
de divesos vinos, blancos y tintos, de la región de Eger.
Después de una apetitosa comida en la ciudad de Eger (en
el elegante restaurante Fehér Szarvas -”el Ciervo Blanco”, donde
su director y propietario, Gyorgy Konkoly, nos preparó una comida-maridaje
de excelente exquisitez) recorrí detenidamente la empresa G.I.A.
Tíbor Gal, que lleva el nombre de uno de los vitivinicultores más
afamados de Hungría. Después de haber fungido
como enólogo de la compañía vitivinícola italiana
Ornellaia, de Ludovico Antonori, Tíbor Gal fundó, en 1994,
su propia empresa en Eger, y desde entonces ha tenido una meteórica
carrera como productor de grandes vinos. En 1993 tuvo lugar
el concurso enológico “Top 100”, organizado por la revista
“Wine Spectator”, y un vino elaborado por Tíbor Gal quedó
ubicado en octavo lugar. Ese mismo año, en ocasión
de otro certámen internaciónal, “Los 100 mejores vinos del
mundo”, obtuvo también el octavo sitio. En 1998 fue
galardonado con el honroso título de “El vinicultor del año”,
en su natal Hungría, y en 1999, en Vinexpo, su vino Chardonnay cosecha
1997 mereció medalla de oro. En Expovino, en Zurich,
el mismo vino blanco recibió medalla de oro. En la sala
de degustación de su bodega (después de haber recorrido esas
cavas en su compañía) hicimos una cata de los vinos que él
elabora: Egri Bikaver, Egri Cabernet Sauvignon, Egri
Merlot, Egri Pinot Noir, Egri Cabernet Franc y Egri Chardonnay,
de notable calidad y delicioso sabor.
La visita final a una bodega húngara productora de vinos
fue en la región de Aszar-Neszmely, a la compañía
Hilltop-.Neszmely, donde fui recibido por su director y propietario, Akos
Kamocsay, otra de las figuras más importantes dentro de la vitivinicultura
en Hungría. Su empresa, fundada en 1990, es impresionante
por la modernidad de sus instalaciones. Este vinicultor
también ha sido galardonado en diversas ocasiones, con premios y
reconocimientos por la señalada calidad de sus vinos.
Akos Kamocsay, quien fue premiado en Inglaterra con el título de
“El vinicultor del año”, en 1997, recibió dos años
más tarde, en 1999, el mismo honor en su patria, donde le fue otorgado
el título de “El vinicultor del año”. Este productor
tiene enfocada su atención en el mercado exterior, ya que el total
de sus ventas foráneas fue, en 1999, de nueve millones de botellas.
El noventa y cinco por ciento de sus vinos son comercializados en Gran
Bretaña; el tres por ciento en Suecia, Finlandia, Noruega, Canadá
y Alemania; y el restante dos por ciento va para el mercado interior húngaro.
En su empresa hay almacenados, en barricas nuevas de roble húngaro,
más de seiscientos cincuenta mil litros de vino. En
su compañía, al concluir el recorrido por la planta, degusté
algunos de sus vinos, blancos y tintos, que me parecieron del todo deliciosos.
Para concluir, quiero afirmar que la producción de vino en
Hungría es, hoy en día, una de las más considerables
en Europa, tanto por la cantidad como por la calidad, y lo que resulta
más sorprendente es que el volumen de la exportación se incrementa
notoriamente a muchos países del orbe. Este hecho pone
de manifiesto el reconocimiento que por doquier han alcanzado estos néctares
etílicos.
COCINA Y VINOS DE CUBA
El 3 de Agosto de 1492 zarpó Cristóbal Colón del
puerto de Palos de la Frontera en su viaje hacia las Indias. En la nao
Santa María y en las carabelas La Pinta y La Niña iban
noventa marinos, ilusionados de llegar al Oriente viajando hacia el occidente
y encontrar las fabulosas riquezas que les había asegurado su capitán
allá les aguardaban. Tras de setenta días de navegación,
el 12 de Octubre de ese año, arribaron a una isla caribeña
quizá llamada Guanahani (la isla de las iguanas), a la cual Colón
bautizó como San Salvador. Allí tuvo noticias el visionario
navegante de otras tierras llamadas CUBA ---la mayor
de las islas del Mar de las Antillas--- por los aborígenes
de Guanahani, y habiendo reanudado su periplo náutico antes de siete
días desembarcó en esa isla y la nombró Juana en homenaje
al príncipe Juan, heredero de las coronas de Castilla y Aragón.
Los habitantes de esas tierras hablaban la lengua taína, y se alimentaban
de maíz y yuca (ó), así como de boniato (también
llamado batata o camote), y de peces, aves acuáticas, iguanas y
cocodrilos, que cazaban en las zonas costeras, fluviales o lacustres.
Estas carnes eran asadas en una especie de parrilla, que algunos
llamaron “bucanas”, de donde se originó el nombre de bucanero, sinónimo
de filibustero, pirata y corsario.
Los españoles introdujeron en Cuba diversos animales domésticos
y cultivos como la caña de azúcar, arroz, diversas leguminosas,
hortalizas y tubérculos, y más tarde café, cacao y
papa. Al paso de los años, y en virtud del despiadado
trato y sanguinaria violencia de los colonizadores hispanos, disminuyó
considerablemente el número de habitantes, extinguiéndose
prácticamente la población nativa de Cuba. Algún
tiempo después fue necesario introducir esclavos traídos
de África por los traficantes, para que cultivasen los campos y
fuesen la mano de obra barata que requerían los nuevos dueños
de la isla de Cuba.
Como resultado de esta mezcla racial, de tres influencias culinarias
diferentes: la autóctona, la española y la africana, la cocina
de Cuba es fiel reflejo de esas diferentes formas de preparar los alimentos,
ahora fundidas armoniosamente en una sápida manifestación
coquinaria llamada “cocina criolla”. Entre varios otros guisos, de aparente
rusticidad, figuran los siguientes: el ajiaco a la criolla (que consiste
en una sopa de carne de cerdo, frutas y verduras, ajo, cebolla, pimiento
verde, calabaza, plátano verde, yuca, boniato y papas), el arroz
moro, también llamado moros y cristianos (un platillo a base
de arroz blanco y frijoles negros, tradicional en la cocina de Cuba), el
congrí oriental (es la versión anterior, pero con arroz
blanco y frijoles colorados, guisados juntos), y la ropa vieja
(un guiso de carne deshebrada).
En un reciente viaje (el cuarto, después de haber efectuado
tres recorridos diferentes por distintos lugares de la isla llamada “La
Perla de las Antillas”, en los años 1981, 1982 y 1983) he disfrutado
de las restauradas galas urbanísticas de la parte céntrica
de La Habana, denominada La Habana Vieja, que fue declarada por la UNESCO,
en 1982, “Patrimonio de la Humanidad”. Más tarde, siguiendo el consejo
de Ernest Hemingway bebí un exquisito “Mojito” (un típico
trago largo preparado con ron blanco, agua de soda, jugo de limón,
azúcar y una ramita de hierbabuena con el tallo machacado)
en “La Bodeguita del Medio”, y un refrescante Daiquirí (un coctel
hecho con ron blanco, unas gotas de marrasquino, jugo de limón y
hielo frappé) en el popular bar “Floridita”. De la misma manera,
degusté algunas especialidades de la cocina cubana en el restaurante
habanero “El Aljibe”, donde quedé sorprendido de ver que la carta
de vinos ---que antaño, hace cuatro lustros, enlistaba únicamente
vinos de Bulgaria, Rumania, Hungría y Rusia--- mostraba
la existencia de vinos elaborados en Cuba. Ese fue mi primer contacto con
la enología cubana, ya que ordené una botella de vino tinto
de la variedad Tempranillo de la marca “San Cristóbal”, el cual
me pareció sumamente agradable al paladar. Al preguntarle al mesero
que me atendía la procedencia de esos vinos (cuatro o cinco monovarietales
diferentes: Merlot, Cabernet Sauvignon y otros que no recuerdo en
este momento) me comentó que llevaban vino español e italiano
a Cuba, y que allí era embotellado. Cabe agregar que en la carta
de vinos de “El Aljibe” figuran cinco vinos de la marca L. A. Cetto, de
México (cuyo costo es de veinticinco dólares por botella)
y una media docena de marcas de vinos de España. Yo pagué
por esa botella de vino “San Cristóbal”, de Cuba, diez dólares,
y me pareció que la armonización entre platillos y vino era
muy satisfactoria.
Días después, advertido de la existencia de estos
vinos cubanos, ordenaba ---cuando ello era posible--- vino
para acompañar los guisos de la cocina criolla de Cuba, y puedo
decir que me parecieron fáciles de beber, ligeros de cuerpo y, en
dos palabras, bastante agradables.
Al regresar a México, después de una gratísima
estancia de cinco días en Varadero, la principal zona turística
de playa en Cuba (donde también degusté las especialidades
de la cocina criolla, en el restaurante “Esquina Cuba”), busqué
en internet información acerca de estos vinos. Encontré primeramente
la noticia publicada en el periódico “Diario de León”,
de España, el 1º de Enero de 2001, referente a que Cuba se
había convertido en el año 2000 en el primer importador de
los vinos de la Denominación de Origen El Bierzo, ya que había
comprado cerca de dieciséis mil botellas de vino tinto.
Igualmente leí que del 5 al 7 de Junio de 2002 había
tenido lugar en La Habana, en el Palacio de las Convenciones, una exposición
internacional del vino: Expovid 2002. Durante esos tres días fueron
presentadas diversas conferencias, videos y ponencias magistrales, al tiempo
mismo que en un espacio de casi novecientos metros cuadrados habían
estado instalados diversas áreas de degustación de vinos.
En esta exposición internacional figuró notoriamente el Club
de Sommeliers de Cuba.
Otra fuente de información acerca de este asunto me permitió
conocer que la empresa Vinos Fantinel, ubicada en la población de
San Cristróbal (a una distancia de cincuenta kilómetros de
La Habana), había incrementado su producción de trescientas
mil botellas en 1998 a casi ochocientas mil en el año 2000, y que
esperaban una afluencia superior a los dos millones de visitantes en el
año 200l. De acuerdo a esa información cibernética
esta empresa ha sembrado uvas procedentes de Italia, que han probado ser
resistentes a la humedad ambiental.
La noticia más amplia acerca de los vinos de Cuba la encontré
en otra página de internet, de España, fechada el 12 de Junio
de 2002, cuyo título es “Una empresa mixta cubano-española
apuesta por producir vinos en Cuba”, de la cual transcribo algunos párrafos:
“”Una empresa cubano-española ha puesto en marcha un
proyecto para producir vino en Cuba a mediana escala, y con ese fin fomenta
en la isla sus propios viñedos con más de veinte variedades
de uvas, y construye una moderna planta industrial.
“” En ese empeño participan Cítricos del Caribe, una
empresa del Ministerio de Agricultura de Cuba, y la distribuidora española
de vinos Palacio de Arganza, recién asociadas en la empresa mixta
Bodegas del Caribe, de acuerdo a un artículo de la última
edición del semanario “Granma Semanal”.
“La planta industrial con tecnología de punta se construye
con una inversión de unos dos punto cinco millones de dólares
en la localidad habanera de Ceiba del Agua, situada a treinta kilómetros
de La Habana. Según el gerente económico del proyecto, Efraín
Domínguez, “al iniciarse el trabajo en esta moderna planta, junto
con el procesamiento de las uvas cubanas se importará mosto español
para aprovechar la capacidad instalada, en la primera etapa”.
“”Es la primera vez que un proyecto de este tipo abarca tanto el
proceso de producción como la distribución y exportación,
a cargo de la misma empresa, subraya la fuente.
“”Plantaciones de uvas como la Chardonnay, Cabernet Sauvignon, Tempranillo
y Moscatel, entre otras, pasan la etapa de pruebas, y han dado ya
sus primeras cosechas, que para el gerente español de Bodegas del
Caribe, Armando Ferrer, han satisfecho las expectativas de los empresarios
españoles.
“”Los lugares elegidos para plantar los viñedos están
en Wajay, en la zona noroccidental de la ciudad de La Habana, en la localidad
sureña de Batabanó y en la región montañosa
del Escambray, en el centro de la isla, zonas que, según los especialistas,
reúnen las condiciones climáticas necesarias””.
Hasta aquí la transcripción a esa fuente informativa.
Y quiero agregar que la latitud geográfica de esas áreas
cubanas de viñedos son prácticamente las mismas que la de
Zacatecas (Querétaro, Aguascalientes y San Luis Potosí,
igualmente regiones donde se produce vino, se encuentran en esa misma franja
de latitud, un poco al Sur de la correspondiente a Zacatecas) en nuestro
país. Se encuentran ubicadas entre los veinte y los veintidós
grados de latitud Norte.
Quizá no esté lejano el día en que en el comercio
capitalino estén presentes diversos vinos blancos y tintos elaborados
en Cuba. Hace ya varios años --quizá unos diez—
degusté aquí vinos producidos en China. Y si consideramos
que a México ya llegaron hace tiempo aquellos vinos del Lejano Oriente,
no existe ningún impedimento para que el día de mañana,
más pronto que tarde, podamos probar esos caldos vínicos
cubanos y juzgar su calidad y sabor.
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(ó) Yuca es el nombre de un género
de arbustos y árboles de hoja perenne ---de la familia de
las liliáceas--- del cual hay una treintena de especies
nativas de América del Norte y de las Antillas. Se conocen, en general,
con el nombre de Yuca. Sin embargo, en algunos lugares de América
del Sur se denomina con este nombre a la Mandioca, planta del género
manihot, de la familia de las euforbiáceas. La Casaba es llamada,
también Manioc, Mandioc y Yuca. Se trata de una planta tuberosa
de la familia de las euforbiáceas, con cuya harina se elabora pan,
almidón e inclusive bebidas alcohólicas
LOS VINOS DE ANDALUCIA
Andalucía es una región de España cautivante
en grado superlativo. Desde el punto de vista histórico encierra
ciudades tan bellas como Córdoba y Granada, cuyos numerosos
monumentos artísticos, especialmente aquellos que recuerdan la prolongada
dominación arábiga en la península ibérica,
figuran entre los más importantes en esa nación europea.
Vitivinícolamente hablando Andalucía tiene una gran
trascendencia, ya que de las casi sesenta Denominaciones de Origen reconocidas
por el INDO (Instituto Nacional de las Denominaciones de Origen) en esta
zona hay cuatro. La D.O. Condado de Huelva, la D.O. Málaga,
la D.O. Montilla-Moriles y la D.O. Jerez-Xéres-Sherry y Manzanilla
de Sanlúcar de Barrameda. De las cuatro, ésta última
es la de mayor prestigio mundial, ya que los vinos de Jerez son (al
lado de los tintos de La Rioja y los espumosos ---Cavas--- de Cataluña)
los más afamados caldos vínicos españoles en todo
el mundo.
La Denominación de Origen Condado de Huelva comienza a ser
mejor conocida en la propia España. Si bien hay considerable producción
de vinos semejantes a los Olorosos, existe cierta preferencia actual por
la elaboración de vinos blancos secos, de agradable sabor,
a base de la variedad Zalema. En reciente recorrido por Andalucía
visité la sede del Consejo Regulador de la Denominación de
Origen Condado de Huelva, donde tuvo lugar una cata de diversos vinos de
la zona, y posteriormente fui a la Bodega Privilegio del Condado, la mayor
cooperativa andaluza del Condado de Huelva, productora de vinos de encomiable
finura.
La Denominación de Origen Málaga y Sierras de Málaga,
cuyos néctares etílicos eran ya conocidos en el siglo XII,
especialmente por sus excelentes vinos dulces elaborados a base de
la variedad Pedro Ximénez (en esta área de Andalucía
es llamada Pedro Ximén) y de la cepa Moscatel. Hay también
vinos tranquilos, blancos, rosados y tintos.
La Denominación de Origen Montilla-Moriles, cuyos viñedos
se localizan al sur de la ciudad de Córdoba, tiene notoria importancia
en Andalucía por la calidad de sus vinos, principalmente generosos
o encabezados, de muy diversos tipos: Fino, Amontillado, Oloroso, Palo
Cortado, Raya. Los vinos dulces naturales, como el Pedro Ximénez
y el Moscatel, son indudables delicias al paladar. En la ciudad de Montilla
visité la Bodega Robles, productora de vinos de varias clases: Fino,
Pedro Ximénez, Pale Cream, a más de vinos tintos y blancos.
Una novedad de esta empresa es la producción de vinos ecológicos,
de la marca “Piedra Lunga”, los primeros vinos de este tipo en Andalucía.
La Denominación de Origen Jerez-Xéres-Sherry, Manzanilla-Sanlúcar
de Barrameda y Vinagre de Jerez es la más importante de las cuatro,
por la cuantía de su producción, por la extraordinaria
finura de los vinos de este nombre, y por la gran aceptación que
en el mundo entero han alcanzado estos vinos españoles. La zona
de producción de los vinos de Jerez comprende una zona (a la cual
encomiásticamente se le denomina “triángulo de oro”) entre
las ciudades de Jerez de la Frontera, el Puerto de Santa María y
la ciudad de Sanlúcar de Barrameda. La variedad blanca Palomino
Fino constituye el 96% del total del viñedo. El restante 4
% está dado por la cepa Pedro Ximénez y Moscatel.
Se atribuye a los fenicios la fundación de Cadiz hace poco
más de tres mil años. Los primeros viñedos fueron
sembrados en las inmediaciones de la ciudad de Xera, el nombre original
de Jerez. Los romanos llamaron a este asentamiento Ceritium, y fue más
conocido por el breve nombre de Ceret. Durante la dominación arábiga,
que se prolongó del año 711 a 1492, su nombre fue Scherisch,
de donde derivó Sherry, designación dada por los comerciantes
ingleses, que fueron los mayores propagandistas de los vinos de Jerez,
desde el siglo XVI.
En el libro Viajes por los Vinos de España leo una atinada
descripción de la forma de elaborar tan deliciosos caldos etílicos:
“Una vez realizada la vendimia las uvas pasan a las prensas, y se obtiene
así un mosto que, a su vez, pasa a barricas de 500 litros. Los recipientes
no se llenan por completo, ya que el pequeño espacio que queda vacío
favorece el desarrollo de la levadura Saccharomyces ellipsoideus , un microorganismo
aeróbico que tiene su óptimo crecimiento a 20 grados centígrados
de temperatura, en un sustrato alcohólico que no exceda de 16.4
grados. Esta llamada Flor, típica de los jereces, cubre toda la
superficie de la barrica, anulando así el paso del oxígeno
hacia el interior del recipiente. Tras la aparición de la Flor,
los mostos evolucionan hacia Finos o Amontillados. Los que no crían
la mágica levadura se convierten en Olorosos. Una distinción
que se refleja gráficamente en los recipientes de roble, a los que
se marca con rayas. Una sola raya indicará que esa barrica se destina
a Fino o Amontillado. Una raya y un punto, que todavía no se sabe
a qué tipo se destinará. Dos rayas muestran que el caldo
en cuestión se transformará en Oloroso. Una vez que los expertos
descubren la tendencia de cada vino, se le encabeza con alcohol, en mayor
o menor proporción según se quiera eliminar o apoyar el desarrollo
de la levadura. Las mezclas con las que se encabezan los caldos están
compuestas a partes iguales de alcohol y mosto. El grado alcohólico
es de l5.5 para Finos y Amontillados, y de 18 grados para un vino
Oloroso”.
El envejecimiento o crianza de los vinos de Jerez se lleva a cabo
por el método llamado de Criaderas y Soleras. Los vinos jóvenes
(contenidos en las criaderas más altas) van siendo mezclados con
vinos de anteriores vendimias. “A lo largo de las distintas “criaderas”
o escalas de envejecimiento se va produciendo un lento proceso de mezclas,
de modo que la “saca” que finalmente se realiza de las botas de la “solera”
(la barrica que está más próxima al suelo de la bodega)
no es sino el resultado de una mezcla de todas y cada una de las vendimias”.
Es conveniente agregar que “la edad media de las botas
–barricas de 500 litros de capacidad—que son utilizadas en la Denominación
de Origen Jerez, de las cuales hay más de un millón de estos
recipientes, es aproximadamente de cuarenta años”.
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