BON VIVANT


 
 
 

EXPOFEST BON VIVANT

El lunes 22 de abril, a las doce del día, dará comienzo la Expofest Bon Vivant en el hotel Camino Real. En palabras de sus organizadores, Charles Oppenheim, José Manuel Sierra y Lorenzo Celis  --directivos de la revista Bon Vivant--,  “esta es la primera exposición y festival del arte de vivir bien”, que se prolongará por tres días, hasta el miércoles 24 de este mes. Este proyecto, a punto de tornarse una magnífica realidad, “responde a la necesidad que percibimos en nuestra comunidad de lectores (señala Charles Oppenheim, editor de Bon Vivant), que al mismo tiempo son consumidores de bienes y servicios que van de acuerdo al estilo de vida bon vivant”. Yo agregaría que esas personas manifiestan  una señalada preferencia por actitudes que, en estricto apego a la veracidad,  bien pueden ser calificadas como hedonistas y sibaríticas, ya que encuentran placer y deleite, corporal y anímico,  en una  amplia serie de satisfactores en extremo agradables.
Esta Expofest Bon Vivant tiene por principal finalidad la de presentar a los asistentes, en el salón “Camino Real” del hotel homónimo, un variado programa de actividades, que incluyen conferencias y catas dirigidas de vinos y de destilados, que estarán a cargo de diferentes personalidades de la gastronomía y la enología. En ese amplio salón estarán numerosos expositores: productores nacionales de vinos, importadores de estos néctares etílicos, de perfumes, de puros y de artículos gourmet, quienes mostrarán, y ofrecerán,  a los asistentes esa amplia gama de productos, y cabe enfatizar que, durante esos tres días, los visitantes pueden adquirirlos a precios reducidos y con facilidades de pago, lo que significa, a mi parecer, un atractivo agregado.
Simultáneamente a esta primera exposición del arte del bien vivir, que estará abierta de las doce a las veintiún horas en dicho salón “Camino Real”, tendrán verificativo en el salón “Oaxaca”, contiguo al antes mencionado, diversas conferencias. El programa enlista los siguientes temas y conferenciantes: “El ABC del Vino”, a cargo de Julio Michaud.  “Slow Food” y los laboratorios del gusto”, que será dictada por Giorgio De’Angeli. “Las cofradías: el lado (o)culto de la gastronomía”,  presentada por Lula Bertrán. “Los mejores tequilas reposados y añejos”, dictada por Miguel Guzmán Peredo. “El ayer y hoy de la cocina española”, que presentará Luis Marcet. “Una nueva copa para el tequila”, a cargo de Deby Béard, entre varias otras disertaciones.
Esta Expofest Bon Vivant será, sin duda alguna, una magnífica ocasión para incursionar en el sibarítico mundo de la gastronomía y la enología, que hoy en día ha despertado en México un notorio interés en un  creciente sector de la población.SUBIR



 

JUNIO 2002
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LOS VINOS DE TOKAJ
 Hungría es un país de Europa central cuya extensión territorial  es menor que la del estado de Oaxaca, en México.  En efecto, la superficie de la nación magyar es de 93,038 (noventa y tres mil treinta y ocho) kilómetros cuadrados, mientras que la de Oaxaca asciende a 95,364 (noventa y cinco mil trescientos sesenta y cuatro) kilómetros cuadrados.  En Hungría hay veintidós regiones vitivinícolas, que cubren un área de casi ciento sesenta y cinco mil hectáreas, y la producción anual de vino, promedio, en la década de los años noventas fue estimada entre los cuatrocientos y los quinientos millones de litros.  (México cuenta, aproximadamente --pues no he encontrado cifras certeras y confiables al respecto-- con sesenta mil hectáreas cubiertas de viñas, y la producción de vino, de acuerdo a la información proporcionada por la Asociación Nacional de Vitivinicultores, A.C., fue, en el año 1999, de catorce millones cuatrocientos mil litros).

Las veintidós regiones vitivinícolas de Hungría registran un considerable volumen de producción, y en ellas se elaboran vinos muy apreciados, lo mismo en el mercado nacional que allende las fronteras húngaras.  De  todas ellas, una  de las que mayor fama y renombre ha alcanzado, dentro y fuera de Hungria, es Tokaj-Hegyalja, donde son elaborados vinos blancos, exclusivamente, de notable finura y delicado sabor.  El vino más prestigiado, sin lugar a duda es el Tokaj-Aszú, cuyo nombre es el mismo que el de la ciudad más importante y de la región donde ésta ambrosía etílica es producida, siguiendo un procedimiento de vinificación en extremo cuidadoso.  Cabe agregar que esta zona geográfica de Tokaj-Hegyalja se localiza al pie de la cordillera de los Cárpatos y está bañada por los ríos Tisza y Bodrog.

Ya desde los tiempos del esplendor de Roma, hace de ello poco más de veinte centurias, la vitivinicultura era practicada comunmente en lo que hoy es Hungría y entonces era denominada provincia romana de Panonia.  Existen testimonios históricos que permiten conocer que ya desde el siglo XIII se ponderaba la categoría de los vinos de Tokaj (se pronuncia Tokai), que a la sazón no eran de las características que ahora los distinguen, especialmente el que lleva junto al nombre Tokaj la palabra Aszú, que designa un vino altamente licoroso, que a continuación describiré pormenorizadamente.

La historia se entrelaza con la leyenda, al igual que ha ocurrido con los orígentes del Champagne, el vino espumoso por antonomasia, al relatar los comienzos del Tokaj-Aszú.  Hasta principios del siglo XVII el vino elaborado en esta region (cuyo centro neurálgico es la ciudad de Tokaj, y que comprende veintisiete poblaciones donde las viñas cubren una extensión de casi siete mil hectáreas, exactamente 6,600) era el resultado de la vinificación que usualmente se llevaba a cabo por doquier donde se produjese vino.  Pero sucedió que debido a los conflictos bélicos, a la sazón frecuentes entre los húngaros y los turcos, en un año dado (lo mismo he encontrado, en diferentes fuentes de información, que ello tuvo lugar en 1610 que en 1630 o en 1650), cuando la región era propiedad de una aristócrata llamada Zsuzsanna Lorantfly, el monje que tenía a su cuidado la producción de vino -su nombre era Szepsi Laczko Maté- decretó, ante el temor de que se registrase un ataque del ejército otomano, que la vendimia fuese retrasada hasa que pasara el peligro de una invasión armada.  Fue así como la recolección se llevó a cabo en el mes de noviembre, lo que propició que muchos de los racimos estuviesen afectados por el hongo Botritis cinerea (que ocasiona una enfermedad de las uvas, --actualmente para muchos vitivinicultores es una bendición la aparición de ese hongo--, que hace disminuir la cantidad de agua de las uvas concentrando el azúcar de los granos), causante de la llamada “Podredumbre Noble”.  Al advertir esa eventualidad el monje ordenó que las uvas afectadas fuesen recogidas separándolas de las uvas sanas, y que fuesen prensadas aparte de los racimos no dañados.  Fue así como se originó la práctica, según narran añosas crónicas húngaras, de depositar en recipientes de madera (en lengua húngara su nombre es “puttonyo” y en castellano es cuévano, que designa a un cesto de madera, los o mimbre, más ancho en la parte superior que en la interior), cuya capacidad es de veinte a veinticinco kilogramos de uvas botritizadas, o Aszú.  También se habla de que su capacidad, medida en litros, es de treinta. 

En el enciclopédico libro The Oxford Companion to Wine (1994), de Jancis Robinson, leo que en 1641 se establecieron las leyes que reglamentan la zona de producción y la manera como deben ser elaborados los vinos de la región de Tokaj-Hegyalja, y que fue en 1660 cuando se decretó la forma de elaborar el vino utilizando uvas con “podredumbre noble”. 

Cronológicamente hablando viene después la referencia que fue en el año 1712 cuando el príncipe húngaro Ferenc Rakoczi viajó a Paris y obsequió al monarca francés Luis XIV con varias botellas de Tokaj-Aszú.  Fue tal el deleite del “Rey Sol” al degustar  ese néctar etílico que, se dice, pronunció la frase que, al correr de los siglos, sería repetida como divisa distintiva de tan exquisito vino licoroso: “Le vin des rois; le roi des vins” (el vino de los reyes, el rey de los vinos), al figurar en las etiquetas de ese vino húngaro: “Vinum regum; rex vinorum”.

De acuerdo a las disposiciones vigentes para elborar Tokaj-Aszú, éste debe ser el resultado de una vinificación muy especial, empleando cuatro cepas distintas de uvas blancas: Furmint, Harslevelú, Sarga Muskotaly  y  Oremus.  Una vez que la vendimia ha tenido lugar, y han sido recolectadas las uvas afectadas por el hongo Botritis cinerea (éstas son las uvas llamadas Azsú, con la “podredumbre noble”, recogidas en los viñedos grano a agrano, diariamente, durante varias semanas), son depositadas en “puttonyos” y ahí quedan en forma de pasta.  Luego es agregada esa pulpa en el mosto obtenido previamente del prensado de las uvas de la variedad Furmint, que está contenido en barricas de ciento treinta y seis litros.  Esta mezcla es sometida a una nueva fermentación como punto de partida de la elaboración del vino Tokaj-Aszú.

El número de esos recipientes, “puttonyos”, que son agregados a una barrica determina la concentración y calidad del vino.  Se mide en una escala del 3 al 6.  El vino Tokaj-Aszú de 3 puttonyos contiene 60 gramos de azúcar residual por litro; el de 4 puttonyos, noventa gramos; el de 5 puttonyos, 120 gramos y el de 6 puttonyos, 150 gramos de azúcar residual por litro.  Por arriba del Tokaj-Aszú de 6 puttonyos existe otro vino -una verdadera ambrosía al paladar- llamado “Aszú  Eszencia”, el más licoroso de todos, que únicamente es producido en años excepcionales.

Volviendo al momento en que determinado número de cuévanos o “puttonyos”, que contienen una pasta de uvas “Aszú” pasificadas, es agregado al vino de Furmint, se deja reposar durante 24 o 36 horas, para que macere.  Luego tiene lugar un prensado ligero; más tarde hay una refermentación y ya luego se deja reposar, en un lento y prolongado envejecimiento en la barrica, de cuatro a ocho años, dependiendo del tipo de Tokaj-Aszú que se desea obtener, en las seculares y laberínticas cavas subterráneas (de paredes ennegrecidas, por estar recubiertas por un espeso musgo -de consistencia muy suave y delicada- producido por el hongo Cladosporium cellare) de Tokaj-Hegyalja, sitas bajo las colinas que hace millones de años fueron volcanes activos.

En esta región vitivinícola de Hungría son elaborados, además del Tokaj-Aszú, otros vinos, como el varietal Furmint, hecho con la principal cepa regional.  El vino que recibe el nombre de Szamorodni (puede ser seco -Száras- o dulce -Edes-) está hecho con uvas no botritizadas, recolectados los racimos completos, sin que haya habido ninguna selección, de allí su nombre, que procede de un vocablo polaco, Szamorodni, que significa “tal como viene”.

Jozsef  Kosarka, quien fungiera como Embajador de Hungría en México, durante varios años (y dejara en nuestro país un imborrable recuerdo de cálida amistad), escribió las siguientes frases acerca del Tokaj-Aszú:  “”El célebre Tokaj-Aszú es dulce; en su color y sabor se reconoce, ante todo, la uva pasa y, al mismo tiempo, la miel, el pan, la almendra y las flores regionales.  Se toma, por lo general, con todo tipo de postres, o se puede hacer un  buen maridaje del vino con el Foie Gras y con quesos maduros.  Pero su degustación sola también puede revelar delicadas sensaciones.  Los diferentes vinos producidos durante siglos tienen una calidad muy equilibrada, y pueden ser conservados durante muchas décadas.  Este es el caso de uno de los mayores éxitos recientes de un Tokaj-Aszú (el de 6 puttonyos, cosecha 1972, embotellado en 1994), que recibió el reconocimiento Platinum Medal Dessert Wine World Champion.  Se dice que todavía sigue madurando, y puede conservarse durante más de cien años””.

Para concluir quiero recordar que en el Himno Nacional de Hungría se hace alusión a este vino, agradeciendo a Dios que “de la vid de Tokaj se ha destilado la esencia más pura”.
 
 

TOKAJ

PABLO NERUDA
 
 

Doy al Tokaj translúcido
la copa de mi canto;
cae, fuego del ámbar,
luz de miel, camino
de topacio, cae sin que termine
tu cascada,
cae en mi corazón, en mi palabra,
y que la transparencia
de tu verdad de oro
enseñe a mis raíces
a elevar la dulzura
desde la seca sombra subterránea
 hasta la rectitud del mediodía.

En mi desordenado corazón
impone, oh vino de Tokaj, fragante,
 la razón de la luz,
 ordena mi delirio.

 Vengo de los volcanes insurrectos,
de los ásperos ríos que cortaron
las manos de mi pueblo,
ésta es mi copa, llénala
con tu fogosa fuerza,
delicada,
 enséñame a sacar de la aspereza
tu columna de oro y levantarla
intacta, contra el viento.

Hijo desnudo de la tierra, deja
tu raíz en mi canto.  Y en mi boca
tu experiencia celeste.

(Fragmento)


 


 

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CATA “CIEGA” DE VINOS PREMIUM DE CHILE

En el panorama vitivinícola mundial las naciones denominadas del “Nuevo Mundo”: Argentina, Australia, Chile,  Estados Unidos de América, Nueva Zelanda y Sudáfrica 
---enlistadas por orden alfabético---  han adquirido una señalada preponderancia, tanto por el volumen de vino producido como por los crecidos niveles de comercialización exterior registrados en los años más recientes. Las exportaciones de vino de los países mencionados constituyen actualmente un severo dolor de cabeza para los vitivinicultores franceses (la revista estadounidense “Business Week”, del 3 de Septiembre de 2001, califica ese hecho como “la ruina de la industria vinícola de Francia”)  ya que sus envíos al extranjero han disminuido considerablemente en los años más recientes. 

De acuerdo a esa publicación, las exportaciones de vino de Francia han caído casi un seis por ciento en el año 2000. La presencia de los vinos franceses en el mercado estadounidense ha descendido de siete a cinco por ciento, mientras que Australia ha triplicado sus exportaciones a Estados Unidos de América desde 1995 hasta 2001, a más de que ha desplazado a Francia como principal abastecedor del creciente mercado de Gran Bretaña. 

Por lo que respecta a Chile diré que actualmente ocupa un envidiable lugar en el concierto de las naciones vitivinícolas del orbe, ya que está ubicado en el décimo puesto por su producción de vino. En el año 1994 ocupaba un lugar secundario como país comercializador de vinos allende sus fronteras, con apenas el uno punto siete por ciento del mercado de exportación mundial. En el año 2000 ocupó el quinto sitio en ese renglón, con el cuatro punto seis por ciento del total, por atrás de Francia, Italia, España y Australia. 

Considero en extremo interesante mencionar las siguientes cifras, respecto a la producción y a la exportación de vino de Chile. En el año 1965 la comercialización foránea de vino chileno fue de poco más de cuatro y medio millones de litros (exactamente 4.664.119) a veinticuatro países. Quince años más tarde, en 1980, la producción de vino ascendió a quinientos ochenta y seis millones de litros, mientras que la exportación, a treinta y cinco naciones del orbe, se incrementó a poco más de catorce y medio de millones de litros (exactamente 14.509.272). Para 1993 la exportación fue de ochenta y ocho millones y medio de litros de vino, cifra equivalente al veintisiete punto cinco del total de la producción. La exportación de vino de Chile aumentó, entre 1990 y 1995, un doscientos sesenta y siete por ciento, al subir de cuarenta y siete a ciento setenta millones de litros, a setenta y tres países. Ya en el año 2000 la producción de vino en Chile fue de seiscientos cuarenta y dos millones de litros, en tanto que la exportación, a noventa y cinco países, fue 
superior a los  doscientos sesenta y siete millones de litros de vino (exactamente 267, 511.811). El año pasado, 2001, la producción nacional de vino se estimó en más de quinientos cuarenta y cinco millones de litros, y la exportación, a ciento cinco países, fue de casi trescientos once millones de litros (310, 925.579).

Los vinos de Chile han venido teniendo, desde hace varios años, una acentuada presencia en el mercado vinícola de México. Merced a condiciones para ellos sumamente favorables, los vitivinicultores chilenos han conseguido una ostensible penetración comercial en nuestro país. Hay cifras oficiales que indican que México importó el año pasado casi dos millones de litros de vino chileno (exactamente 1, 974.943), cifra que significa un notorio incremento en comparación con los volúmenes de vino importado en el año 2002.

Los vinos de Chile, que por varios años se caracterizaron por ser de muy agradable calidad y de precio reducido, hoy en día han comenzado a significarse como productos de extraordinaria finura y precio muy elevado. Estos son los vinos de la categoría llamada “Premium” y “Ultra Premium”, que pretenden ubicarse en un renglón muy especial, en un nivel similar al de los grandes vinos del mundo. 

Desde hace varios años existe una corriente, entre los productores de vinos de todo el mundo, de producir estos néctares etílicos en viñedos situados en áreas geográficas muy especiales, por las características del “terroir”. Es decir, en un sitio de condiciones ambientales en extremo propicias para elaborar  grandes vinos, utilizando cepas seleccionadas, y donde no se busca producir grandes cantidades de vino, sino que éste tenga las máximas cualidades que el enólogo desea para su vino. Estos son los vinos llamados “de pago”, “de autor”, “de alta expresión” , que ahora es común encontrar en los principales países vitivinícolas del mundo. 

La palabra Premium, derivada del verbo latino “praemiare” (que significa recompensar, premiar, galardonar), puede ser traducida al castellano como galardón, premio, recompensa, concedida por algún mérito especial o servicio distinguido. La palabra Ultra Premium está formada por dos vocablos en la lengua latina “Ultra”, que significa “allá”, o más allá,  y “Premium”, arriba mencionada. Ultra Premium quiere decir, por lo tanto “más allá de la recompensa”,  “más allá del premio”.

Numerosas empresas vitivinícolas chilenas elaboran, desde hace varios años,  vinos de esta especial categoría, cuyos precios, por botella, en el mercado interno de Chile,  oscilan  actualmente entre los veinticinco y los ochenta dólares. De ellos ha señalado César Fredes, especialista chileno en vinos, lo siguiente: “Está por demostrarse que vinos de esta clase son realmente de categoría mundial. Eso no lo pueden decir los productores. Lo tiene que decir la crítica internacional, los expertos, el mercado”. 

En México existe una veintena de esta clase de  vinos, (que alguien llamó  ---según lo leí en un portal de internet dedicado a los vinos de Chile---   “los vinos tintos de sangre azul”), y para evaluar sus características sensoriales más distintivas el Grupo Enológico Mexicano organizó una cata “ciega” en la cual veintitrés catadores, con amplia experiencia en esta deleitable materia, analizaron las cualidades visuales, olfativas y gustativas de dieciocho vinos “Premium”, presentes en el comercio capitalino. 

Tras de llevarse a cabo el sorteo para decidir el orden en que serían degustados estos vinos, los miembros del jurado de esta cata-concurso ingresaron al espacioso salón “Conde”, del hotel Marquis Reforma (copatrocinador de esta degustación enológica), donde ya habían sido servidos los seis primeros vinos. En hojas especialmente diseñadas para consignar las calificaciones que cada uno de los jueces otorga a las características visuales, olfativas y gustativas de cada vino (hojas que son utilizadas por el Grupo Enológico Mexicano para las catas “ciegas” mensuales que,  desde Enero de 1995 hasta la fecha  ---ochenta y seis hasta la correspondiente al mes de Agosto---,  han tenido lugar en un salón privado del restaurante “La Jolla” de ese hotel capitalino) los catadores fueron anotando las impresiones sensoriales que esos vinos les producían. Así fueron siendo evaluados,  uno a uno,  los 18 vinos tintos  motivo de esta cata extraordinaria, y al concluir cada catador con su análisis gustativo  entregó las hojas de calificaciones a los jueces escrutadores de este concurso. 

Mediante un complejo programa de cómputo, diseñado por el ingeniero Roberto Quaas Weppen, miembro de número del Grupo Enológico Mexicano, y por los ingenieros Enrique Guevara y Gilberto Castelán, a los pocos minutos de haber concluido esta degustación los veintitrés jueces pudieron comprobar  --mediante las puntuaciones proyectadas en una pantalla---  que las calificaciones que ellos habían concedido a cada vino eran las que habían sido tabuladas para obtener el promedio final. De la misma manera,  fue proyectada una gráfica con la lista de los 18 vinos y sus respectivas calificaciones. Mas no terminó aquí esa proyección de los resultados, sino que también fue dada a conocer una gráfica a colores, con las puntuaciones referentes a la relación calidad/precio de cada vino. Y finalmente fueron  mostradas otras gráficas, con la evaluación hecha a  cada uno de los jueces, ya que se calificó también a quienes calificaron los vinos.

Los resultados fueron los siguientes:

Primer lugar: Montes Alpha “M”. Viña Montes. 88.15 puntos. Precio por botella: 
$ 750.00
Segundo lugar: Montes Folly. Viña Montes. 86.83 puntos. Precio: $ 700.00
Tercer lugar: Carmen Gold. Viña Carmen. 86.52 puntos. Precio: 976.00
 4.- Caballo Loco No. 5. Viña Valdivieso. 85.51 puntos. Precio: $ 391.00
 5.- Cabo de Hornos. Viña San Pedro. 84.01 puntos. Precio: $ 574.00
 6.- Clos Apalta. Casa Lapostolle. 83.20 puntos. Precio:  $ 667.00
 7.- Le Dix. Viña Los Vascos. 83.07 puntos. Precio: 495.00
 8.- Doña Bernarda. Viña Luis Felipe Edwards. 82.48 puntos. Precio: $ 430.00
 9.- Terrunyo. Viña Concha y Toro. 81.65 puntos. Precio: $ 270.00
10.- Nuevo Milenio. Viña Concha y Toro. 81.31 puntos. Precio: $ 170.00
11.- Casa Real. Viña Santa Rita. 80.82 puntos. Precio: $ 431.00
12.- Don Maximiano Founder’s. Viña Errazuriz. 80.56 puntos. Precio: $ 750.00
13.- Pinot Noir Valdivieso. Viña Valdivieso. 79.66 puntos. Precio: 500.00
14.- Domus Aurea. Clos Quebrada de Macul. 79.53 puntos. Precio: $437.00
15.- Manso de Velasco. Soc. Vin. Miguel Torres. 78.96 puntos. Precio: $ 284.00
16.- Seña. Viña Caliterra. 78.34 puntos. Precio: $ 874.00
17.- Finísimo. Viña Canepa. 77.54 puntos. Precio: $ 155.00
18.- Magnificum. Viña Canepa. 77.38 puntos. Precio: $ 115.00

BUENOS AIRES: “LA REINA DEL PLATA”

La ciudad de Buenos Aires es la más cosmopolita, sofisticada y elegante urbe de Sudamérica. Su fascinante e indefinible aire europeo hacen de la capital argentina un sitio en el cual el viajero disfruta, de manera muy señalada,  al pasear por  sus numerosos parques y áreas arboladas, recorriendo las espaciosas avenidas, siempre llenas de bullicio por los muchos transeúntes que por ellas deambulan, visitando sus numerosos museos, degustando las exquisiteces de la cocina típica, que tiene en la parrillada una de sus suculencias más características, o bien simplemente sentado  en uno de los tradicionales cafés bonaerenses, de atmósfera tan europea, mirando pasar la vida. Estos son solamente unos cuantos de la gran variedad de  atractivos turísticos que tiene Buenos Aires para asombrar al visitante, quien al concluir su estancia pensará, con razón, que ésta resultó muy breve, por los muchos puntos de interés que le quedaron pendientes de visitar en tan cautivante ciudad porteña.

Pedro de Mendoza fundó en febrero de 1536 el pueblo de Nuestra Señora de Santa María de Buenos Aires. Cinco años más tarde, en 1541, tuvo lugar la segunda fundación de ese asentamiento español, y fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien lo llevó a cabo. La tercera, la definitiva, estuvo a cargo de Juan de Garay, quien el 11 de julio de 1580 (día del solsticio de invierno en el hemisferio sur) le dio el nombre de Ciudad de la Trinidad y Puerto de Buenos Aires al naciente villorrio en aquel austral punto había establecido. El Virreinato del Río de la Plata fue creado, en este dominio de la corona española,  en el año 1776.

Argentina es un extenso país sudamericano, cuya extensión territorial es de tres millones setecientos mil kilómetros cuadrados. Su población en el año 2001 fue estimada en treinta y siete millones y medio de habitantes, el noventa y cinco de los cuales son descendientes de los inmigrantes italianos y españoles, llegados en el siglo XIX.  La capital, Buenos Aires, tiene una superficie  de doscientos dos kilómetros cuadrados, y cuenta con una población en el área metropolitana de doce millones de habitantes. Es la décima segunda ciudad más grande del planeta.

Al no existir en la actualidad  vuelos directos de México a Buenos Aires, la manera más fácil de llegar a esta ciudad desde la capital mexicana es viajando por la línea aérea Lan Chile. La distancia desde México a Santiago, la capital chilena, es de casi siete mil kilómetros, y el tiempo de vuelo, en extremo placentero por el cálido servicio a bordo,  --en ese colosal avión Boeing 767-300—   fue de siete horas cuarenta minutos. Una vez en Santiago hay un cambio de avión para continuar a Buenos Aires, distante mil ciento cuarenta kilómetros. El tiempo de este recorrido es de escasas dos horas de vuelo.

Al llegar a Buenos Aires, al aeropuerto “Ministro Pistarini”, en Ezeiza, distante treinta  kilómetros del centro urbano de la capital,  lo primero que hice fue adelantar una hora las manecillas del reloj. Ya en Santiago, al bajar del avión procedente de México, había hecho un adelanto de dos horas. En seguida fui a una oficina bancaria, a cambiar dólares por pesos argentinos. Hasta hace poco tiempo el tipo de cambio era de uno por uno. Un dólar era igual a un peso. Actualmente por un dólar dan tres pesos con tres  centavos. Y si Pitágoras no estaba equivocado, considerando que, por esos días, por diez pesos ochenta centavos de nuestra moneda recibíamos un dólar, entonces un peso argentino tenía un costo, en números redondos,  de tres pesos cincuenta y cinco centavos de nuestra moneda. 

Esta variante en el tipo de cambio del peso argentino ha resultado muy favorable para los habitantes de los países vecinos de Argentina, ya que los fines de semana la ciudad de Buenos Aires recibe nutridos grupos de paseantes, principalmente chilenos y brasileños, quienes van a disfrutar de esas condiciones económicas tan benéficas para el bolsillo de los viajeros. La revista británica “The Economist” clasificó  recientemente a  Buenos Aires como la quinta entre las ciudades más baratas del mundo. En el año 2001 la misma publicación la había catalogado como la que ocupaba el lugar veintiuno entre las urbes más caras del mundo. Cabe agregar que en el año 2002, registrándose ya un tipo de cambio favorable para los visitantes, Buenos Aires recibió más de tres millones de paseantes, lo que significa un notorio incremento de más de quinientos mil viajeros en relación con el año 2001.

Como pujante urbe cosmopolita que es, Buenos Aires cuenta con casi quinientos hoteles, de todas las categorías, y el número de las habitaciones para el turismo sobrepasan de las cincuenta y cinco mil. Yo estuve alojado, durante los cinco días de tan gratísima estancia, en el hotel Caesar Park, en el barrio de La Recoleta, el espacio urbanístico más elegante y exclusivo de Buenos Aires. Ese establecimiento turístico, que figura en el grupo denominado “Leading Hotels of the World”, es uno de los más bellos hoteles bonaerenses, por su suntuosa y distinguida arquitectura, ubicado en un sitio estratégico, en relación a los centros de negocio, comerciales, gastronómicos  y de esparcimiento de la ciudad.  En las guías  de Buenos Aires aparecen enlistados veinticinco hoteles  en  la categoría de cinco estrellas, a más del Caesar Park,  el Claridge,  el Inter-Continental, el Four Seasons, el Hilton, el Sheraton y el Crowne Plaza, entre muchos otros. Y en el grupo de los hoteles de cuatro estrellas, figuran unos ochenta, que se localizan en la parte más céntrica de la capital bonaerense. Otra nutrida lista la constituyen los hoteles de tres estrellas, de precios más reducidos.

Resulta muy conveniente que el paseante que disfruta de los espacios urbanísticos de Buenos Aires, haga su propio itinerario de los puntos de interés para su gusto más importantes. Quizá le convenga comenzar por visitar la Plaza De Mayo, también llamada Plaza Mayor o de la Victoria.  La Plaza de Mayo es la plaza argentina más conocida en el mundo, y señala el sitio fundacional de la ciudad.  Próxima a ella se localiza la Catedral, cuyo diseño arquitectónico la hace semejante a un edificio helénico. En su interior está el  mausoleo que contiene los restos del héroe José de San Martín. Contiguo a la Catedral está el Cabildo, que fue la cuna del gobierno colonial y hoy en día es un interesante museo. La sede de la presidencia nacional es la Casa Rosada, frontera al Cabildo.

Otro interesante recorrido a pie tiene lugar por la Avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo, que lleva por nombre la fecha de la independencia de Argentina, ocurrida en 1816. En esta formidable rúa está el Obelisco, situado en la esquina con la Avenida Corrientes. Es una elevada columna de 67 metros de altura y 49 metros cuadrados de base, levantada en 1936, para conmemorar el aniversario número cuatrocientos de la primera presencia española en el Río de la Plata. En la Avenida 9 de Julio se encuentra el Teatro Colón, recinto donde tienen lugar representaciones operáticas, de ballet y conciertos musicales de gran categoría.

Un domingo en Buenos Aires es el día indicado para recorrer el barrio de San Telmo, uno de los más antiguos de la ciudad. En la Plaza Dorrego se instalan infinidad de anticuarios, en un pintoresco mercado de antigüedades al aire libre, lo que constituye un espectáculo muy cautivante. Allí funcionan diversos restaurantes, bares y cafeterías. Algunos de estos locales tienen “tanguerías” para diversión de los visitantes extranjeros, lo que significa un atractivo agregado al paseo matutino por esta zona. Después de haber paseado por San Telmo conviene ir al barrio de La Boca, no lejos del anterior, que fue el primer puerto de Buenos Aires. Por aquí hicieron su ingreso al país miles y miles de inmigrantes italianos, principalmente genoveses, llegados entre 1880 y 1930. La calle “Caminito”,  es un verdadero museo al aire libre, con sus polícromos  “conventillos” (las humildes vecindades donde primero se alojaron los recién llegados, quienes soñaban con “hacer la América” en esta pujante nación  del Cono Sur), hoy convertidos en salas de arte popular, principalmente pictórico.

En el barrio llamado Retiro está la hermosa Plaza San Martín,  donde los bonaerenses rinden homenaje  ---en un bello monumento---   a los centenares de jóvenes muertos en la Guerra de las Malvinas. Cruzando este espacio verde llegamos a la peatonal calle de Florida,  flanqueda por infinidad de establecimientos comerciales de la más diversa índole. Destacan las tiendas donde los turistas pueden comprar excelentes prendas de piel, artículo éste que siempre ha tenido gran fama en Buenos Aires. Cuando usted escuche, durante su lento deambular por Florida,  que en el interior de algunas de estas elegantes tiendas hay exposición de cueros, no vaya a pensar otra cosa, sino que las prendas de ese material están a la venta en esos sitios. En la esquina de Florida y Córdoba, al paso por su recorrido, encontrará un edificio de elegante diseño arquitectónico europeo. Se trata de las Galerías Pacífico, en cuyo interior el viajero puede visitar  infinidad de tiendas, con artículos muy variados  ---destacando las prendas de cashmere y de piel---, a precios en verdad muy razonables. Otro de estos locales comerciales, de mayor elegancia, es el Patio Bullrich (edificio declarado Monumento Histórico Nacional),  en la avenida Posadas, frente del hotel Caesar Park, en el señorial barrio de La Recoleta. 

El Cementerio de La Recoleta “es el más importante del país por la arquitectura de sus monumentos funerarios”.  Más de sesenta de estas criptas mortuorias han sido declarados Monumento Histórico Nacional. Este sitio constituye, a mi parecer,  una lección de historia patria, pues allí fueron inhumados muchos próceres de la nación argentina, como Domingo Faustino Sarmiento. Más recientemente fue trasladado a este panteón el cuerpo de Eva Perón. La tumba más visitada de todas es la de esta polémica mujer, cuyo sitio de postrer descanso es la capilla de la familia Duarte. 

En el renglón museos Buenos Aires cuenta con numerosos de estos recintos culturales. Uno de los más importantes es el Museo Nacional de Bellas Artes, que guarda la obra de los grandes maestros de la pintura y la escultura de los siglos XIX y XX. Otro de estos sitios,  digno de una detenida visita, es el Museo Nacional de Arte Decorativo, y también el Museo de Motivos Argentinos José Hernández. En el primero hay una exposición de mobiliario, tapices y porcelanas de los siglos XVI al XX, mientras que  el segundo guarda una notable colección de platería criolla, así como también un valioso acervo  de artesanías regionales. Conviene no pasar por alto una visita al Museo Histórico Nacional, dedicado a la historia y las costumbres argentinas, desde las culturas indígenas prehispánicas hasta el año 1950. Igualmente no hay que omitir en ese recorrido cultural el Museo de la Ciudad, que muestra cómo era y es la vida de los habitantes de Buenos Aires.

Pero como el turista no sólo necesita saciar su espíritu con los más excelsos alimentos espirituales, sino que su cuerpo requiere, después de prolongados paseos y agotadoras  caminatas,  de nutrientes más prosaicos  --y deliciosos--, que están dados por  apetitosos guisos y exquisitos vinos, es que a continuación daré una lista de algunos de los lugares donde el biencomer y el bienbeber  constituye un verdadero deleite palatal. Principiaré por decir que en Buenos Aires el almuerzo es servido a partir de las 13 horas, mientras que la cena comienza a ser servida a partir de las 8 de la noche. Existen más de mil ochocientos establecimientos dedicados a cumplir con el precepto bíblico de “dar de comer al hambriento y de beber al sediento”, y los establecimientos de “comida rápida”, de “fast food”, funcionan a toda hora.  Hay restaurantes de  las más diversas cocinas étnicas: armenia, libanesa, china, cubana, brasileña griega, italiana, vietnamita, tailandesa, mexicana, siria, persa,  francesa, española, japonesa y de muchas otras nacionalidades. Pero, pienso yo, estar en Buenos Aires es dedicarle a la comida típica del país la mayor atención posible. La atracción principal de la cocina de Buenos Aires está dada por las parrillas. “El plato típico es la parrillada  --leo en una guía citadina---   que incluye asado, vacío, pollo, chorizo, morcilla, molleja y chinchulines, entre varias otras achuras, y que es servida con papas fritas y ensaladas”. Los cortes de carnes más apreciados por su delicioso sabor están dados por el asado de costilla o de tira, el bife de chorizo, la colita de cuadril, la paleta, el matahambre, y el complemento clásico de la carne asada lo constituyen las achuras. Las principales son las mollejas (de corazón o de pecho, y de cogote) y los chinchulines. Una parrillada criolla no estaría completa si no llevase diversos embutidos a base de carne de vaca y de cerdo, como los chorizos, las salchichas y las morcillas. 

Durante mi estancia en Buenos Aires mucho disfruté de espléndidas comidas, estoy hablando de la típica parrillada, en lugares como Rodizio, en la Costanera Norte, frente al Río de la Plata (hay otro establecimiento del mismo nombre  --y con la misma excelente calidad en la cocina y en el servicio---  en el barrio de Puerto Madero, el mayor desarrollo inmobiliario de la capital bonaerense, donde se localizan los restaurantes más elegantes de esta seductora y cosmopolita urbe), donde  el concepto “Tenedor Libre” permite que el comensal deguste una amplia variedad de productos cárnicos a un precio fijo, en un ambiente elegante y distinguido, caracterizado por una cocina en extremo apetitosa. Otros lugares de primera clase son La Cabaña Las Lilas  y La Caballeriza, también en Puerto Madero. En el centro de la ciudad están lugares tradicionales, como La Chacra y La Estancia. Y en el barrio Las Cañitas, próximo al Hipódromo y al Campo de Polo, acudí a un lugar típicamente bonaerense (El Portugués), acompañado por un amigo, quien me invitó a deleitarme con los exquisitos manjares cárnicos propios de la cocina de Buenos Aires. Por demás está aclarar que en cada ocasión acompañé los sabrosos guisos con los buenos vinos de Argentina, aquellos que ostentan en la etiqueta la denominación “Premium”,  que hoy en día comienzan a ser mejor conocidos por doquier, gracias a su extraordinaria calidad. Me refiero a las marcas “Terrazas de los Andes”, “Salentein”, “Norton”, Luigi Bosca”, “Lurton” y “Zuccardi”, entre varias otras. 

Mención especial quiero hacer de un sitio gastronómico de primera categoría. Se trata del restaurante Agraz, el comedor principal del hotel Caesar Park, cuyos platillos quedan dentro de la categoría de “cocina contemporánea o de autor”. El chef Germán Martitegui es un creativo cocinero, que se preocupa por ofrecer a los comensales los guisos de mayor refinamiento culinario y más acentuada sabrositud, poniendo especial énfasis en la preparación de sus manjares. Una cena en ese distinguido restaurante constituyó el postrer deleite gastronómico antes de dejar Buenos Aires, al concluir el período vacacional. 

Al caer la noche, el viajero que  gusta de los  tangos, tiene un amplio abanico de opciones para disfrutar de ese  popular género musical. Existen infinidad de locales  a donde acudir, lo mismo a una cena con show incluido que simplemente beber una copa y escuchar los tangos más clásicos del repertorio. Algunos de esos sitios son los siguientes: “El Viejo Almacén”, “Bidou de las Luces”, “Buenos Aires: Pasión de Tango”, “La Ventana”, “El Querandi”,  “Señor Tango” y “La Ventana”, por sólo mencionar unos cuantos de ellos. 

Cuando concluye el viaje en Buenos Aires vuelve a mi memoria la frase del conocido tango:  “Mi Buenos Aires, querido, cuando yo te vuelva a ver”. Esas fueron las palabras que quedaron impresas en mi pensamiento al despegar el avión,  dejando atrás esta fascinante y cosmopolita ciudad, a la cual regresar, una y otra vez, es siempre motivo de grato placer.

EL VIÑEDO DE MENDOZA, EN ARGENTINA

Apenas habían transcurrido tres décadas de que la vitivinicultura comenzó en el virreinato de la Nueva España, en 1524, cuando el cultivo de la vid dio inicio en Argentina, en 1556. Allá por el año 1551 fueron sembradas, procedentes de España,  las primeras viñas en Perú, y al año siguiente fueron propagadas a Chile, y más tarde a Argentina, estando a cargo de esa tarea  ---de acuerdo a lo que consigna la obra El Nuevo Gran Libro del Vino---  los misioneros franciscanos y jesuitas, quienes evangelizaron aquellas tierras de América del Sur. Los primeros viñedos de Argentina fueron plantados por el fraile mercedario Juan Cidrón, en 1557, en las zonas más septentrionales del país, en Santiago del Estero. La necesidad de contar con vino para celebrar la cotidiana ceremonia de la misa lo hizo sembrar vides para obtener la materia prima requerida para elaborar vino de mesa.  Años después,  habiendo sido ya fundada, en 1561, la ciudad de Mendoza, los viñedos fueron propagados hacia sitios más meridionales, como Mendoza y San Juan. En aquellos lejanos días la variedad de uva más empleada para producir vino era la Criolla  (de hecho se habla de que existían dos tipos de esta cepa: la Criolla Grande y la Criolla Chica, que eran las más apropiadas para elaborar vino tinto, junto con otro vidueño, de nombre Cereza), que en Chile recibía el nombre de País.  Cabe agregar que actualmente esta zona geográfica, que comprende las provincias de San Juan, Mendoza y San Luis, es denominada Cuyo, y es la región vitivinícola más importante de Argentina. 

Pasados los años, ya en pleno siglo XIX, el ingeniero agrónomo francés Michel Aimé Pouget introdujo,  en 1850, diversas variedades francesas, lo que vino a significarse como un ostensible cambio en el viñedo mendocino. A él se debe la llegada  a Mendoza de las primeras cepas de Malbec, la variedad emblemática del vino argentino. La cepa Malbec se desarrolló inicialmente en Borgoña, y luego se hizo muy famosa en los viñedos del sudoeste de Francia, en Cahors principalmente, donde recibió el nombre de Cot. Al ser introducida en Argentina, a mediados del siglo XIX, era llamada “la uva francesa”. Junto con el vidueño Malbec llegaron  las principales variedades de uvas originarias de Francia, como la Cabernet Sauvignon, la Pinot Noir,  la Malbec, la Merlot, la Chardonnay, la Sauvignon Blanc, al poco tiempo fueron llevadas diversas  cepas italianas y españolas, como la Sangiovese, la Barbera y  la Torrontés.  

A partir de 1860 se registró una gran corriente migratoria europea   --–italiana y española, principalmente--- hacia la Argentina. Muchos de esos inmigrantes habían estado, en sus diversos lugares de origen,  en estrecha relación con la elaboración del vino, motivo por el cual al asentarse en su nuevo hogar (deseosos de hacer “la América”) continuaron trabajando en estas tareas,  muchos de ellos en la región de Cuyo, que hoy en día es la cuna de muchos de los mejores vinos de este país del Cono Sur. Además de Cuyo los recién llegados se instalaron en Jujuy, Tucumán, La Rioja, Famantina,  Córdoba, Salta, Cafayate y Catamarca, entre varias otras zonas vitivinícolas, donde se producen vinos especialmente  para el consumo local.
El viñedo de Argentina se concentra en la estrecha franja oriental del país, desde el Valle de Cafayate, situado en los 25 grados de latitud sur, hasta la Patagonia, ubicada en los 40 grados de latitud sur. Se estima que la superficie  total cubierta de viñas en este país asciende a unas doscientas mil hectáreas, y que el número de bodegas es de mil doscientas. En Mendoza, la región de mayor importancia vitivinícola en esta nación sudamericana
  ---de la producción nacional  de vino el setenta por ciento procede  de esta zona---  hay ciento cincuenta mil hectáreas de viñedos, y el número de las bodegas es de aproximadamente setecientas. El clima en esta región es continental. Caliente en verano y frío en invierno. El promedio anual de días de sol es de trescientos veinte. 

Considero interesante mencionar que al paso de los años la industria vinícola argentina ha experimentado un dramático cambio, al haberse dejado atrás la idea de producir colosales cantidades de vino, sin preocuparse en demasía de la calidad del producto. Hasta hace algunos años el consumo de vino  per capita en Argentina era uno de los cinco o seis más altos del mundo.  Actualmente, y ello tiene lugar desde hace aproximadamente tres lustros,  priva el deseo, convertido ya en una plausible realidad,  de elaborar vinos de la más alta calidad, destinando un elevado porcentaje de la producción a la exportación. Con ello, ha disminuido notoriamente dicho consumo anual de vino ordinario, ya que  si bien ahora hay un   marcado descenso en esa cantidad, existe un ostensible incremento en la calidad del vino fino consumido por los argentinos. Las cifras que a continuación consigno son fiel reflejo de la situación imperante  en años anteriores. En  1978  en la región de Mendoza fueron elaborados  mil trescientos cincuenta y ocho millones de litros de vino. Nueve años más tarde, en 1987, la producción nacional  de vino alcanzó cifras impresionantes: 2.200 millones de litros. Con esta cantidad Argentina se colocó como el primer productor de vino en el continente americano y el quinto a nivel mundial. En 1977 los productores de Mendoza exportaron cincuenta millones de litros, tanto a granel como embotellado (en aquellos años, hace un cuarto de siglo, no existía la preocupación que ahora distingue a los vitivinicultores argentinos en general, y mendocinos en particular, de elaborar vinos de excelente finura y calidad). Veinticuatro años después,  en el año 2001, la comercialización del vino de Mendoza en el mercado exterior fue exclusivamente de vino fino embotellado. Los principales países importadores de estos exquisitos néctares báquicos fueron, por el volumen de sus adquisiciones, los siguientes: Sudáfrica, Estados Unidos de América, Gran Bretaña, Paraguay, Brasil, Alemania, Suiza, Canadá, Francia y Dinamarca.

La provincia de Mendoza es el centro neurálgico vitivinícola de Argentina. Por la superficie cubierta de viñedos, por el cuantioso volumen de su producción y por la extraordinaria calidad de muchos de sus vinos es considerado el sitio de mayor importancia en lo referente a la industria vinícola en América Latina. El área vitivinícola de Mendoza está dividida en cinco subregiones, de las cuales las más importantes son Luján de Cuyo, Maipú, Tupungato y  Tunuyán. De hecho, podría decirse que la zona oriental es la más importante de toda Argentina, ya que en esa zona  ---donde están ubicados los Departamentos que, por el Norte y el Este,  rodean a la ciudad de Mendoza, la capital de la Provincia homónima---
 se localiza el mayor número de bodegas vitivinícolas y donde están asentadas  las más importantes de todas  (aquellas que, utilizando las variedades de uvas de óptima calidad,   aplicando  los procedimientos tecnológicos más avanzados en la industria vinícola y sirviéndose de los equipos empleados en los países más avanzados del mundo) ,  en las cuales  son producidos los mejores vinos de Argentina. Considero importante señalar que la mano del hombre ha transformado el paisaje de la Provincia de Mendoza, ya que sin detenerse ante los obstáculos dados por el agreste terreno, y con ingentes y continuos esfuerzos, convirtieron los  páramos semidesérticos en hermosos viñedos, que tienen como bellísimo telón de fondo  ---como es el caso del Valle de Tupungato y el Valle de Uco---   los contrafuertes de la Cordillera de los Andes, donde destacan  las montañas nevadas del Tupungato, el Pircas y el Cordón de Plata. Ese asombroso cambio en la geografía mendocina se debe a la formidable labor de canalizar, mediante complejos sistemas de riego a todas las fincas vitivinícolas, las aguas procedentes del deshielo de los glaciares andinos. Por esta razón se ha dicho que el riego es el elíxir para las viñas argentinas, que están plantadas en suelo arenoso y fangoso, sobre un subsuelo de guijarros, cal y barro. 

Me parece conveniente señalar que, en los años más recientes, los productores de vino de la Provincia de Mendoza unificaron sus esfuerzos en pro de una legislación oficial, para que fuese establecida la Apelación I.G. que significa “Indicación Geográfica”. Se trata de que en las etiquetas de los vinos figure esa leyenda como señalamiento geográfico preciso del sitio de los viñedos donde fueron  cultivadas las uvas, con la que fue elaborado ese vino. Es un indicativo de los “terroirs”, sitios de microclima especial, donde fueron sembradas uvas a altitudes diferentes, que son las más propicias para perfecto desarrollo de cada variedad en especial de uva.  No se trata de una clasificación de calidad, como acontece con la llamada “Appellation d’Origine Controlée” (Denominación de Origen Controlada).

Otro aspecto a mi parecer digno de ser señalado es el siguiente: no existe, oficialmente,  en la legislación vitivinícola de Argentina la categoría de “Premium”, “Super Premium” o “Ultra Premium”. Las bodegas que aplican este calificativo a algunos de sus productos (generalmente al vino emblemático de cada empresa) lo hacen pensando en una acción mercadológica, para mejor posicionamiento en el comercio de  ese producto en especial.   

Animado por el deseo de visitar algunas de las principales bodegas vinícolas de la Provincia de Mendoza, viajé a esa ciudad. Antaño había vuelos directos desde la ciudad de México a Buenos Aires, pero ahora ya no funciona  ---en nuestro país---  la empresa Aerolíneas Argentinas. Por ello efectué el vuelo en un colosal avión Boeing 767-300 de Lan Chile, disfrutando de un excelente viaje (el servicio a bordo me pareció magnífico, tanto por la calidad de los alimentos servidos, como por la calidez de la atención brindada por las azafatas)  de casi ocho horas, para cubrir la distancia de poco menos de siete mil kilómetros. Al llegar a Santiago, la capital de Chile, cambié de avión, y con la misma línea aérea volé a Mendoza, en un vuelo de aproximadamente cuarenta y cinco minutos.

Al llegar a Mendoza fui recibido por Roberto de la Mota, el director-enólogo de Bodegas Terrazas de los Andes, quien me condujo a la casa de visitas de esa empresa ubicada en el distrito de Perdriel, a veinticuatro kilómetros de la ciudad de Mendoza, en donde iba a estar alojado durante los seis días de mi estancia en esa cautivante región vitivinícola argentina.

La primera visita fue a Terrazas de los Andes,  que ocupa el espacio arquitectónico de una antigua bodega vinícola, edificada en los últimos años del siglo XIX. Hace poco más o menos un lustro fue ampliamente reconstruido ese edificio, y en la remodelación fueron conservadas las hermosas arcadas de ladrillos, dentro de las cuales fueron instalados los enormes tanques de acero inoxidable, en los cuales tiene lugar la fermentación del vino. En los diversos procesos de la vinificación se siguen las normas más avanzadas en cuanto a la moderna tecnología se refiere. 

Bodegas Terrazas de los Andes, un establecimiento vitivinícola de la compañía Chandon Argentina, se dedica exclusivamente a la elaboración de vinos varietales. A juicio de Roberto de la Mota “la elevación del terreno sobre el nivel del mar genera microclimas que permiten que cada cepa se desarrolle de manera idónea, permitiendo obtener de las uvas, colores,  aromas y sabores de notoria finura y calidad”.  En el transcurso de mi charla con Roberto de la Mota  me enteré que “varios años de investigaciones permitieron a los enólogos de esa empresa conocer cuál es el mejor lugar para el cultivo de cada variedad de uva. Tras reiterados estudios y ensayos comprobaron que cada cepa rinde sus mejores frutos a distintas alturas. Así surgieron las “terrazas”, viñedos especialmente seleccionados, que se transformaron en un espacio privilegiado para el cultivo de uvas de excelente calidad”.

En el comedor principal de la casa de visitas de Terrazas de los Andes, degusté, en compañía de Roberto de la Mota,  los diferentes vinos de esta bodega: De la serie denominada “Alto” probamos los varietales Chardonnay, cosecha 1999 (las uvas proceden de viñedos ubicados a 1.200 metros sobre el nivel del mar);  Malbec, cosecha 1999, con uvas vendimiadas en fincas a 1.067 metros s.n.m. Y también Cabernet Sauvignon 1999, de viñedos a 980 metros de altitud. De la serie denominada Reserva catamos 4 vinos diferentes: Chardonnay, Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah, de 4 fincas diferentes: Tupungato, Vistalba, Perdriel y Cruz de Piedra, respectivamente. La tercera categoría, la más alta por su finura, está comprendida en la serie “Finca Selecta”, con dos vinos, el Gran Malbec y el Gran Cabernet Sauvignon, ambos de cosecha 1997. Los nueve vinos degustados esa mañana son fieles exponentes de la gran clase enológica de los productos de Bodegas Terrazas de los Andes.

Debo señalar que gracias a las gestiones realizadas por Roberto de la Mota, ante sus colegas de otras empresas vitivinícolas, fue posible integrar un apretado programa de visitas a otras importantes bodegas de la Provincia de Mendoza. Considero innecesario mencionar que en todas las bodegas que visité en este recorrido, por algunas de las empresas vitivinícolas más importantes de la Provincia de Mendoza  (tanto en las áreas de viñedos como en las propias bodegas vinificadoras, quedé asombrado al contemplar, en cada una de ellas, las más modernas instalaciones, como es posible verlas en las bodegas californianas de Napa, Sonoma o Mendocino. 

Esa tarde visité la Bodega La Agrícola  ---fundada en 1949---, productora de los vinos de la marca Santa Julia, de la familia Zuccardi. Tras de un detenido recorrido por los diferentes lugares de esta renombrada bodega, en compañía de Luis Innella, gerente de Logística de la empresa, fuimos al comedor principal para proceder a la degustación de algunos de sus numerosos vinos. En ese momento nos acompañó  José Alberto Zuccardi, director general de La Agrícola, y con él catamos dos  vinos blancos, de la marca  Santa Julia: Viognier Reserva, cosecha 2000 y  Chardonnay Reserva, cosecha 2001. Luego vinieron los tintos: Sangiovese, cosecha 2000; Malbec Reserva 1999; Cabernet Sauvignon Reserva, cosecha 2001; Tempranillo, cosecha 2000; el coupage Bonarda/Sangiovese y luego el vino “Q” Merlot, cosecha 1999. Igualmente probamos tres vinos cuya marca es “Vida Orgánica”, que como su nombre lo indica están elaborados con uvas procedentes de viñedos en los cuales no han sido aplicados pesticidas, para controlar las plagas. Esos tres vinos, de la cosecha 2001,  fueron: Chardonnay,  Tempranillo y Malbec. Todos estos vinos me parecieron  de excelente sabor y notoria calidad enológica.

A la mañana siguiente fui a la Bodega Norton, fundada en 1895. La producción de esta empresa es destinada en un setenta por ciento al mercado interior, y el restante treinta por ciento es comercializado en el extranjero, en treinta países. Allí tuvo lugar el recorrido en compañía de Pablo Goldemberg, director de comercio exterior, y de los enólogos Jorge Riccitelli y de su asistente Adrián Manchón. A continuación hicimos una degustación de una docena de sus vinos. Catamos, de la cosecha 2002, los varietales Torrontés, Sauvignon Blanc, Malbec, Barbera, Sangiovese y  Cabernet Sauvignon. De la vendimia 2000 probamos los varietales Malbec Reserva, Cabernet Sauvignon Reserva, Merlot Barrel Select, Malbec Barrel Select, Merlot Reserva, Syrah/Cabernet Sauvignon Reserva y Cabernet Sauvignon Barrel Select. Los atributos enológicos que distinguen a los vinos de la marca Norton son muy señalados. 

Otra interesante visita fue aquella a la Bodega Luigi Bosca, en Luján de Cuyo. Esta empresa fue establecida por Leoncio Arizu, quien llegó a Mendoza procedente de su natal Navarra, a mediados del siglo XIX. La visita la hice en compañía de Gustavo Arizu, gerente de producto. Aquí degustamos varios vinos varietales de esa marca, como el Pinot Noir, el Merlot, el Syrah, el Malbec Reserva, el Malbec D.O.C.,  el Chardonnay, el Sauvignon Blanc y el Cabernet Sauvignon Reserva. Me sorprendió gratamente la extraordinaria calidad de tres vinos de la categoría “Finca Los Nobles”, dos de ellos son coupage (Cabernet Bouchet y Malbec Verdot) y uno es monovarietal (Chardonnay). Estos vinos permanecen en barricas de 18 a 24 meses, y posteriormente reposan 12 meses más en botella, antes de ser comercializados. El resultado de esa cuidadosa elaboración se pone de manifiesto en su delicioso sabor y ostensible calidad.

En el bellísimo Valle de Uco se localiza la Bodega Salentein, cuyas instalaciones son de notable belleza arquitectónica, especialmente la cava de barricas,  que es un espacio de gran primor, donde en una nave cruciforme (que me hizo pensar en una catedral gótica) hay cinco mil barricas impecablemente colocadas en las cuatro brazos de esa galería subterránea. De esta bodega se ha dicho que es “La Catedral del Vino de Mendoza”, y en verdad que, a mi juicio,  no hay exageración en ese calificativo, ya que se trata de una bodega recientemente construida de acuerdo a las indicaciones precisas de Laureano Gómez, el enólogo de esa renombrada compañía vitivinícola. Primeramente recorrí la zona de viñedos, en compañía del ingeniero agrónomo Marcelo Casazza y de Alejandro Panighini, el gerente comercial. A continuación saboreamos un delicioso asado en la Posada Salentein, en un hermoso sitio en medio de un frondoso bosque de álamos, y más tarde, ya en la Bodega, tuvo lugar una cata, en la cual participaron Laureano Gomez, Gabriela Zabala, su asistente. Alejandro Panighini y yo. Probamos vinos de dos categorías: de La Pampa Estate fueron los vinos Sauvignon Blanc, Malbec 2001, Merlot 2002. Y de la serie Salentein los vinos Malbec 2001 y Merlot 2001. 

La Bodega Catena Zapata, fundada en 1902 por Nicolás Catena, un inmigrante italiano, es
---al igual que las anteriores---  una de las más prestigiadas en Mendoza. El edificio principal de esta empresa guarda cierta semejanza con una pirámide maya, y entraña un novedoso concepto arquitectónico en las bodegas mendocinas.  Desde la entrada principal se tiene una impactante visión panorámica de los viñedos y de las montañas nevadas de los Andes, con el volcán Tupungato al fondo. La visita la hice acompañado por Jeff Mausbach, el gerente de relaciones públicas, quien me mostró la mayor parte de las instalaciones de esta bodega, que sorprende por la modernidad y perfección tecnológica que priva en cada renglón. En una cava subterránea, de sobria belleza, catamos los vinos de las tres categorías de esta casa. De la serie “Alamos”, probamos el Malbec 2000, el Cabernet Sauvignon 1999, y el Chardonnay 2000. En seguida fueron servidos tres vinos, cosecha 2000,  de la denominada “Catena”: Malbec , Cabernet Sauvignon  y Chardonnay. Otra línea de vinos lleva el nombre de “Catena Alta”, y de ella degustamos el Cabernet Sauvignon 1999, el Chardonnay 2000 y el Malbec 2000. Finalmente saboreamos la espléndida calidad del vino Nicolás Catena Zapata, cosecha 1999, la joya enológica de esta bodega.

Para concluir, quiero decir que las bodegas que yo visité en Mendoza reciben a los visitantes, en recorridos guiados que tienen lugar de lunes a viernes, en horas hábiles.